Peripecias Nº 26 - 6 de noviembre de 2006

CIUDADANIA

 

La confianza en lo cotidiano

 

Mirada joven

 

José da Cruz

 

 

José da Cruz es geógrafo y novelista, y analista en CLAES D3E.

 

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¿En qué país sólo el 21 por ciento de los jóvenes tiene confianza en la Iglesia pero el 51 por ciento confía en la policía? En España. Eso indica un estudio sobre preocupaciones y preferencias de los jóvenes españoles, publicado en 2005 y comentado en el artículo Los jóvenes dibujan su realidad, en el sitio de noticias InSurGente.

 

Uno se siente tentado a dar validez a estas respuestas para todos los jóvenes de la Unión Europea, pero no tiene porqué ser así; menos aún tendrían validez las cifras para América Latina. Sin embargo, el corte generacional puede dar alguna pista.

 

Los jóvenes depositan su confianza en las organizaciones de voluntariado con un 69 por ciento, en el sistema de enseñanza (60), la seguridad social (54), la policía (51) y la Unión Europea (50); los últimos puestos son para las Fuerzas Armadas (37), la OTAN (36), las grandes empresas y multinacionales (24) y la Iglesia (21). Ante la política parlamentaria tradicional, el 75 por ciento de los encuestados cree que los políticos profesionales sólo buscan su propio interés; el 15 opina que trabajan por el interés general; casi la mitad no eligen partido; tres de cada cuatro se ubican en el centro o la izquierda.

 

El simple olfato sociológico que uno –cree que– posee indica que la mayor confianza se deposita en lo más cercano, lo cotidiano. Eso explicaría las altas calificaciones para la enseñanza, la policía y la seguridad social –hospitales, seguros de desempleo, asistencia a los pobres– y aún lo de las ONG: poner una moneda en la colecta, firmar un manifiesto, donar algo para una campaña dan ocasión a cualquiera de participar en una actividad altruista y positiva. Sorprende tanta confianza en la UE, pero no olvidemos que España fue el gran receptor de ayuda europea para su ingreso al consumo con bombos y platillos, y el 70 por ciento de los votos españoles emitidos favoreció al proyecto de constitución de la UE rechazado en Francia y Holanda.

 

Si sumamos todo esto –un poco a la fuerza– con el desprecio por los políticos y la desconfianza en la Iglesia, las fuerzas armadas y las grandes empresas, tal vez obtuviéramos como resultado que hay un gran desengaño con los sectores más conservadores de lo establecido y con la democracia parlamentaria, lo que no es novedad. El leve tinte izquierdista que caracterizaría políticamente a los jóvenes reforzaría este resultado. Ante las fuerzas más duras de la competencia empresarial y nacionalista los jóvenes favorecerían las instituciones solidarias del Estado de bienestar que aún sobreviven.

 

Otro capítulo interesante es el del individuo ante la sociedad. ¿Cuáles son los peores problemas? En primer lugar el terrorismo, luego la droga, la desocupación, la vivienda y la violencia doméstica; corrupción política, contaminación ambiental, pobreza y marginación importan mucho menos. En mi interpretación, esto vuelve a reforzar la importancia de lo más cercano y cotidiano. El terrorismo le toca a cualquiera, como un terremoto, y lo vimos en Atocha; la droga te destruye como pasó con tanta gente conocida; la desocupación y la falta de vivienda te impiden la independencia necesaria para consumir y estructurar tu vida aparte de tus padres. Corruptos, contaminadores y pobres han existido siempre y poco se puede hacer ante ello: se trata de salvarse uno mismo.

 

Los jóvenes organizan su vida en torno al ocio y el tiempo libre, no en torno al trabajo o actividades públicas, participativas. La comparación con una encuesta similar de 1999 muestra que decrecieron la actividad deportiva, la concurrencia a museos y la lectura de libros, mientras aumentó el interés por escuchar música, ver cine y televisión, salir a bares o similares y escuchar programas de música y deportes en la radio, actividades que reúnen entre el 90 y el 98 por ciento de las preferencias. El mundo es un audiovisual; el mundo es mi clan, mis amigos; yo consumo lo que me ofrecen ya hecho por profesionales: no es interesante cantar, bailar, participar en la Juventud Comunista o la Falange, hacer teatro o jugar a la pelota, pero sí ver y escuchar a quienes lo hacen. Leer da trabajo y hay que imaginarse cosas; basta con leer el diario o alguna novelita mientras uno viaja largos tramos en el Metro o los trenes de cercanías hacia la escuela, el trabajo o los amigos. Claro, al mismo tiempo suena el mp3...

 

No juzgo si esto es bueno o malo, justo o injusto, si lleva a un mundo peor o mejor, si hay un modelo a seguir o ningún modelo. Me parece claro, eso sí, que toda acción política que aspire a cierta relevancia debería partir, hoy, de las convicciones menos ambiciosas, del foco más individual, de aquella regla básica de “no hagas al Otro lo que no quieres que te hagan a ti”.
Es nuestro mundo posmoderno, es el fin de los grandes principios. Claro, esto no quita que muchos jóvenes se enrolen en cruzadas por la libertad y la justicia en el mundo o por la pureza de la raza superior, que sigan el camino de la Fe en Algo, el Manchester United o el heavy metal, pero en el centro predomina el ombligo privado.

 

Alguna vez di clases en Europa a nivel terciario, ante alumnos jóvenes y sensibles, comprometidos e inteligentes, chicas y muchachos extraordinarios, cultos y amables. Un día compartimos el relato de un prisionero en un campo de concentración nazi. Lo que más horror les causó, en una reacción completamente espontánea y sincera, fue que les raparan el cabello: eso era un choque, un verdadero atentado. Todo lo que además ocurría en la prisión se alejaba sentimentalmente de sus preocupaciones; lo comprendían de manera intelectual. La empatía de mis alumnos con la suerte de los prisioneros, sin duda un sentimiento verdadero y comprometido, recién se abrió paso a partir de los tijeretazos del verdugo.

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 26 el 6 de noviembre 2006. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.

 

 

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