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E. Gudynas es
analista de información en CLAES (Centro Latino
Americano de Ecología Social) y D3E (Desarrollo,
Economía, Ecología, Equidad – América Latina).
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"Los hijos del hombre" (Children of men), es una
película que se acaba de estrenar en varios países de América Latina. Su
propuesta es impactante y directa: nos muestra a Londres, en el año 2027. Es una
ciudad sucia, violenta, donde hay atentados con bombas y un estado policíaco
persigue con saña a todos los inmigrantes. Desde hace años no hay bebés; por
alguna razón desconocida, no hay embarazos, y no han tenido lugar nuevos
nacimientos desde 2009. La persona más joven del planeta, un adolescente que
vive en Buenos Aires, es asesinado por un fanático. Es un mundo sin esperanzas,
donde la marihuana sigue prohibida pero se vende una droga para suicidarse.
Más allá de los vaivenes propios de cualquier película, "Los hijos del hombre"
brinda una alegoría sobre un capitalismo que se devora a sí mismo. La fotografía
es excelente, donde hay escenas que muestran paisajes que encierran a la vez
belleza y tristeza que se expresan en detalles, como las panorámicas de una
verde campiña británica donde los cadáveres de ganado, retorcidos y
ennegrecidos, arden lentamente. Algunos considerarán que esas son escenas
mórbidas y exageradas, pero ese fue justamente el procedimiento que usó el
gobierno inglés para combatir la enfermedad de la "vaca loca": mataba el ganado,
acumulaba los cadáveres y los cremaba.
Justamente ese es el camino que sigue la película. Se toman muchas
circunstancias actuales, se las acentúa y se construye una realidad que es
agobiante y contaminada. El país vive bajo un duro control en manos de militares
y policías y se persigue a los inmigrantes. Las medidas que hoy se observan en
los aeropuertos aparecen acentuadas y exageradas en "Los hijos del hombre". El
caso del joven brasileño que murió baleado por la policía londinense, se vuelve
una constante, y el terrorismo sigue su marcha. Bush construye hoy en día un
muro en la frontera con México, mientras que en esta película, Inglaterra se
salva de muchos problemas mundiales porque es una isla.
Si bien esta es una visión del caos dentro de los restos de Gran Bretaña, la
metáfora de la crisis del capitalismo se hace global. Los inmigrantes vienen de
todas partes y los más diversos idiomas se cruzan en un campo de concentración.
En las visiones más comunes de estas crisis siempre hay un papel ambivalente
para los países del Tercer Mundo. En "El día después de mañana", la catástrofe
climática hace que los estadounidenses abandonen en masa su país para refugiarse
en México. En aquella historia, la salvación está en el sur, y el tránsito de la
migración se invierte a costa de perdonar toda la deuda externa. En "Los hijos
del hombre", los ingleses no abandonan su isla, y si bien los inmigrantes
insisten con entrar en ella, la salvación se asoma en una fugitiva ilegal que
proviene de África. Una vez más el Tercer Mundo aparece para salvar la
situación.
El filósofo Slavoj Zizek recientemente comentó la película (en el sitio web de "The
Human Project", una de las facciones en pugna en la historia), señalando que era
una "obvia parabóla cristiana" a partir de un texto reaccionario (refiriéndose a
la novela original de P.D. James). A su juicio, la película cuestiona el
hedonismo sin significados. Semanas más tarde, Zizek incluye algunos de esos
comentarios en un
artículo más
largo que apunta a un "choque de civilizaciones" que genera un "fin de la
historia", donde los conflictos étnicos-religiosos "son la forma de lucha que le
conviene al capitalismo global". Una aseveración de ese tipo me hace pensar, una
vez más, que Zizek se entretiene con las citas filosóficas que intenta
encapsular en escenas de películas, sin aprehender los problemas sustantivos.
Zizek opone a los occidentales "inmersos en los estúpidos placeres cotidianos"
con los "radicales musulmanes" que están "preparados para arriesgarlo todo,
comprometidos con la lucha nihilista hasta alcanzar la autodestrucción". Dejando
de lado que esa descripción no representa la esencia de "Los hijos del hombre"
(en especial porque allí también hay ingleses comprometidos con la lucha
radical), difícilmente sea una visión acertada del mundo actual. El Tercer Mundo
es mucho más amplio que el espacio musulmán, y los latinoamericanos igualmente
sufren una criminalización de la migración; pero además, la mayor parte de los
musulmanes no son luchadores nihilistas que buscan la autodestrucción.
Ni el hedonismo ni la política del miedo son problemas exclusivos de las
sociedades industrializadas, y aparecen en muchos lugares de América Latina.
Seguimos mirando a los países del norte como fuente de inspiración para nuestro
ordenamiento político, a pesar que la marcha en ese sentido encierra un continuo
desvanecimiento de la política. Es un camino sin futuro.
"Los hijos del hombre" denuncia una arista en esa desaparición del futuro. No
hay donde escaparse, y el final se cierne sobre todos, no sólo por las bombas
que estallan al azar sino por la ausencia no ya de una trascendencia en un
sentido que podría ser espiritual, sino por su ausencia también en un sentido
biológico. Las escuelas están vacías y abandonadas, y no existen bebés que
lloren o rían.
En ese sentido ese mundo silencioso, me hace recordar otro clásico en los temas
ambientales: el libro "La primavera silenciosa", de Rachel Carlson. Esa obra,
publicada a inicios de la década de 1960, anunciaba que los efectos negativos de
los agrotóxicos desembocarían en la exterminación de las aves, y nos
encaminábamos a primaveras sin los cantos de pájaros. Por supuesto que en
aquella época muchos tildaron a Carlson de exagerada, y las empresas de
pesticidas machacaban sobre la inocuidad de sus productos. Hoy sabemos que
muchos estaban muy equivocados y que otros simplemente escondían información
para seguir vendiendo sus productos. Justamente el cúmulo de contaminantes
químicos y biológicos en bajas dosis pero por décadas parece estar detrás de un
conjunto de diferentes problemas en la salud humana (incluyendo esterilidad)
englobados por ahora en el “stress ambiental difuso”.
“Los hijos del hombre” muestra una puerta de salida. Una vez más en manos de un
paria y un marginal, y nuevamente evocando al sur. Es esperable porque es una
película, y todos ansían un final que deje al menos una esperanza posible. Pero
entretanto los problemas actuales y reales, siguen su marcha.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 29 el 27 de
diciembre
2006. Se permite la reproducción del artículo siempre
que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas
restricciones. |