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José da Cruz es geógrafo, novelista, y analista en
CLAES D3E.
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El volumen de contenidos en Internet crece y hay que administrarlo, pero el
crecimiento deja mucho más ganancias a los administradores que a los creadores
del material ofrecido.
Aquella época, tan cercana, de negocios multimillonarios en la llamada
economía punto com terminó con un fuerte reacomodo empresarial. Algunos
ganaron, muchos perdieron, y más de una burbuja mostró que su contenido era lo
que era: aire. El brillo dorado de la especulación y los saltos bursátiles
salvajes dieron paso a una nueva etapa bautizada, con la habitual eficacia
mediática de los comentaristas, economía Web 2.0. Esta etapa se
caracteriza por monopolios. Vamos por partes.
Durante los años más recientes se verificaron algunos fenómenos que, sumados,
dieron paso a nuevos desarrollos en el espacio electrónico. Anotaremos cuatro:
permanente abaratamiento y mayor eficacia de los equipos, acceso doméstico a
redes ADSL de gran capacidad, disponibilidad de programas gratuitos de todo tipo
y color, explosión de las páginas electrónicas personales e interactivas
conocidas como blogs. La cantidad de información disponible en Internet
se multiplica geométricamente, por lo menos para quienes saben y pueden,
económica y culturalmente, acceder a ella.
Ahora bien: todo acto humano, así sea virtual, ocupa de algún modo tiempo y
espacio. La regla no hace excepción con las miríadas de impulsos eléctricos que
son el cuerpo de los unos y los ceros y por lo tanto de toda información
electrónica. En algún lugar físico están los discos duros, cintas magnéticas o
vaya usted a saber qué, donde esos unos y ceros se alojan y quedan a disposición
de quien solicite su presencia; la consulta a las guaridas virtuales toma
segundos, minutos o aún horas a los usuarios. Esos espacios y esos tiempos
cuestan, son bienes transables, se venden y se compran.
Una intervención en el blog argentino Periodistas 21 reconocía que las
herramientas tecnológicas disponibles han multiplicado la libertad de expresión
y creación digital, y también el número de creadores y de obras. Basta visitar
alguno de los portales electrónicos que ofrecen fotos, música, juegos, videos,
películas, radio, televisión o libros, o pensar en la creación epistolar
reflejada en la enormidad de mensajes electrónicos intercambiados por correo o
en blogs.
Juan, autor de la reflexión que comentamos, dice que “el ego y la pasión de
muchos es el negocio de pocos”. Mientras las redes sociales “conectan
directamente la oferta de unos con la demanda de otros” y creadores y
consumidores se encuentran en la virtualidad, las restricciones de tiempo y
espacio físico se expresan como importantes factores de mercado. Ante la demanda
y la oferta prácticamente infinitas, se alza la “paradoja del control 2.0”: la
comercialización y el rendimiento económico se concentran cada vez más. Los
contenidos sobran y lo mismo el hambre por consumirlos, pero ese consumo está
controlado por compañías cada vez mayores y más poderosas.
La creación prolifera, la libertad y las posibilidades parecen no tener límite
ni siquiera económico, ya que gran parte de ese contenido es gratuito… o lo
parece. Usted busca su correo en Google, Yahoo o Hotmail, que ofrecen servicios
gratis, pero el tiempo que lleva el trámite es suyo y las empresas venden su
tiempo para exponerlo a mensajes de propaganda; usted quiere descargar un tema
musical o un juego, pero tiene que hacerlo en algún sitio concreto, cuya
dirección probablemente se la suministre un motor de búsqueda con un auspiciante
explícito o implícito.
Google, Yahoo o Hotmail, por citar a lo más popular y conocido, le entregan a
usted resultados cuya elección automática no es neutral: hay cada vez más
resultados dirigidos a determinadas marcas, sitios o artículos; sin que usted lo
pida, aparecen resultados de acuerdo al perfil que algún programa ha trazado de
sus hábitos según sus búsquedas anteriores. Esto vale y se cobra, y se cobra muy
bien: la demanda tiene un valor de mercado, es rentable. Que es rentable lo
prueba cada cambio de mano, fusión o absorción de cualquiera de esas empresas.
Mientras los contenidos se multiplican y los pagan quienes los consumen, según
cuántas veces se descarguen de la Red, la empresa que brinda el espacio para
ubicar esos contenidos los ofrece en su motor de búsqueda, los publicita y
anuncia y gana siempre: le basta con mostrar el número de hits en el
sitio electrónico. De este modo, cuanto más se pueda amontonar en cada sitio,
mejor; es la misma filosofía de los grandes supermercados para atraer mucha
clientela.
Parece razonable que si busco una imagen determinada vaya a un banco de imágenes
que me ofrece 300 000 o 400 000 ítems y no media docena de fotos, y eso no lo
puede ofrecer cualquiera. El “acceso, distribución y comercialización” quedan
así controlados “por parte de pocas compañías”, como señala Juan, y agrega: “Esa
nueva concentración en pocas manos de la distribución y comercialización de las
obras de muchos es la dinámica de la nueva economía de la Web 2.0 /…/ Sólo unos
pocos son dueños de la tecnología y los recursos de almacenamiento y
distribución necesarios para hacer rentable el negocio con las obras de muchos”.
La designación 2.0 para estos fenómenos, como si pertenecieran a una segunda
versión mejorada o generación, va de la mano con otra tendencia: la acentuación
del individualismo y la creación de formas asociativas según identidades
tribales, que sustituyen a las formas tradicionales de pertenencia familiar,
laboral, local o nacional. La asociación es por afinidad y tiene el objetivo de
consumir los mismos productos bajo formas ritualizadas, como en los conciertos o
el deporte, o compartir un interés sociocultural del tipo que sea, desde
político hasta sexual o tecnológico.
Los analistas lo llaman social status 2.0, y mientras el antiguo status
se basaba en poseer objetos materiales, esta segunda versión se ubica en un
mundo llamado con total impunidad post material: en ese mundo se
desarrolla el yo, se coleccionan experiencias, se obtienen contactos con otras
personas. Hay que integrarse a redes, ser miembro de clubes cuanto más
exclusivos mejor, registrarse en sitios electrónicos restringidos, mostrarse,
viajar y experimentar aventuras, vestirse, peinarse y actuar según modelos,
modas, estilos: mi yo es mi personaje. En las aventuras a ser vividas podemos
incluir las de fines altruistas o de militancia política y filosófica.
Para la construcción de todo este post-mundo son indispensables los medios
electrónicos, y también lo son las máquinas de información. Tal vez desde
nuestro pequeño horizonte, aquí en el margen de América Latina, perdamos la
perspectiva de lo qué puede significar como boca de ventas de publicidad un
sitio electrónico. Baste como ejemplo recordar que MySpace tiene 70 millones de
usuarios, todos en busca de música, todos intercambiando fotografías y mensajes.
A una señal adecuada de la industria cultural, millones y millones de personas
se vuelcan a los buscadores para formar parte de una misma novedad, apoyarla o
criticarla. Aún sigue haciendo estragos la fiebre mundial del famoso Código Da
Vinci.
Nicholas Carr sugiere en su blog un modelo de descripción para diferenciar la
Web 1.0 y 2.0: en la primera, la Encyclopaedia Británica on line, y en la
segunda Wikipedia; en la primera, versiones digitalizadas de los medios de
prensa escrita, en la segunda los blogs. Anota como un riesgo que lo
amateur sustituya a lo profesional. Claro que siempre ha sido así en cada cambio
histórico: lo amateur genera a la larga “profesionales 2.0”. Un ejemplo posible
es el de figuras que se hacen notorias por algún motivo y aparecen luego como
estrellas de los medios de comunicación.
Paralelamente se genera también otra forma de hacer negocios, y la cantidad de
las visitas a los diez sitios electrónicos más visitados aumentó en los últimos
cinco años. Para Juan, este dato alerta sobre la paradoja del “control 2.0”:
tecnología, contenidos y usuarios son parte del capital para hacer negocios en
Internet, con la ventaja de que “el contenido es cada vez más un commodity
(materia prima) donde la cantidad (generada por quien sea) importa más que la
calidad”.
Podría pensarse que un crecimiento exponencial de sitios libres para alojar
contenidos libres cuyo eventual costo se revirtiese a los propios autores,
cambiaría favorablemente el panorama. Sin embargo, alguien lo tendría que pagar.
¿El denostado sector público de la economía, tal vez? No podemos imaginar una
Red por fuera de las reglas del mercado: hay diferencias de calidad; hay quienes
ganan y quienes pierden; los más fuertes, de un modo o de otro, tratarán de
ejercer su “control 2.0”.
De todos modos hay mucho para rescatar. No resultar manipulado o engañado es una
tarea para consumidores inteligentes, y también lo es el consumo de los
contenidos de Internet. A este usuario lo bautizaremos “consumer 2.0”
para mantenernos a la moda. Será un usuario fuertemente crítico, sanamente
individualista, con capacidad de juicio propio y con conocimiento de sus propios
intereses y de su papel en la sociedad: un ciudadano consumidor. ¿Es pedir
demasiado?
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 32 el 24 de
enero
2007. Se permite la reproducción del artículo siempre
que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas
restricciones. |