Peripecias Nº 32 - 24 de enero de 2007

CIUDADANÍA

 

Es libre, pero se paga

 

¿Nueva economía gracias a la Red de Redes?

 

José da Cruz

 

 

José da Cruz es geógrafo, novelista, y analista en CLAES D3E.

 

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El volumen de contenidos en Internet crece y hay que administrarlo, pero el crecimiento deja mucho más ganancias a los administradores que a los creadores del material ofrecido.

 

Aquella época, tan cercana, de negocios multimillonarios en la llamada economía punto com terminó con un fuerte reacomodo empresarial. Algunos ganaron, muchos perdieron, y más de una burbuja mostró que su contenido era lo que era: aire. El brillo dorado de la especulación y los saltos bursátiles salvajes dieron paso a una nueva etapa bautizada, con la habitual eficacia mediática de los comentaristas, economía Web 2.0. Esta etapa se caracteriza por monopolios. Vamos por partes.

 

Durante los años más recientes se verificaron algunos fenómenos que, sumados, dieron paso a nuevos desarrollos en el espacio electrónico. Anotaremos cuatro: permanente abaratamiento y mayor eficacia de los equipos, acceso doméstico a redes ADSL de gran capacidad, disponibilidad de programas gratuitos de todo tipo y color, explosión de las páginas electrónicas personales e interactivas conocidas como blogs. La cantidad de información disponible en Internet se multiplica geométricamente, por lo menos para quienes saben y pueden, económica y culturalmente, acceder a ella.

 

Ahora bien: todo acto humano, así sea virtual, ocupa de algún modo tiempo y espacio. La regla no hace excepción con las miríadas de impulsos eléctricos que son el cuerpo de los unos y los ceros y por lo tanto de toda información electrónica. En algún lugar físico están los discos duros, cintas magnéticas o vaya usted a saber qué, donde esos unos y ceros se alojan y quedan a disposición de quien solicite su presencia; la consulta a las guaridas virtuales toma segundos, minutos o aún horas a los usuarios. Esos espacios y esos tiempos cuestan, son bienes transables, se venden y se compran.

 

Una intervención en el blog argentino Periodistas 21 reconocía que las herramientas tecnológicas disponibles han multiplicado la libertad de expresión y creación digital, y también el número de creadores y de obras. Basta visitar alguno de los portales electrónicos que ofrecen fotos, música, juegos, videos, películas, radio, televisión o libros, o pensar en la creación epistolar reflejada en la enormidad de mensajes electrónicos intercambiados por correo o en blogs.

 

Juan, autor de la reflexión que comentamos, dice que “el ego y la pasión de muchos es el negocio de pocos”. Mientras las redes sociales “conectan directamente la oferta de unos con la demanda de otros” y creadores y consumidores se encuentran en la virtualidad, las restricciones de tiempo y espacio físico se expresan como importantes factores de mercado. Ante la demanda y la oferta prácticamente infinitas, se alza la “paradoja del control 2.0”: la comercialización y el rendimiento económico se concentran cada vez más. Los contenidos sobran y lo mismo el hambre por consumirlos, pero ese consumo está controlado por compañías cada vez mayores y más poderosas.

 

La creación prolifera, la libertad y las posibilidades parecen no tener límite ni siquiera económico, ya que gran parte de ese contenido es gratuito… o lo parece. Usted busca su correo en Google, Yahoo o Hotmail, que ofrecen servicios gratis, pero el tiempo que lleva el trámite es suyo y las empresas venden su tiempo para exponerlo a mensajes de propaganda; usted quiere descargar un tema musical o un juego, pero tiene que hacerlo en algún sitio concreto, cuya dirección probablemente se la suministre un motor de búsqueda con un auspiciante explícito o implícito.

 

Google, Yahoo o Hotmail, por citar a lo más popular y conocido, le entregan a usted resultados cuya elección automática no es neutral: hay cada vez más resultados dirigidos a determinadas marcas, sitios o artículos; sin que usted lo pida, aparecen resultados de acuerdo al perfil que algún programa ha trazado de sus hábitos según sus búsquedas anteriores. Esto vale y se cobra, y se cobra muy bien: la demanda tiene un valor de mercado, es rentable. Que es rentable lo prueba cada cambio de mano, fusión o absorción de cualquiera de esas empresas.

 

Mientras los contenidos se multiplican y los pagan quienes los consumen, según cuántas veces se descarguen de la Red, la empresa que brinda el espacio para ubicar esos contenidos los ofrece en su motor de búsqueda, los publicita y anuncia y gana siempre: le basta con mostrar el número de hits en el sitio electrónico. De este modo, cuanto más se pueda amontonar en cada sitio, mejor; es la misma filosofía de los grandes supermercados para atraer mucha clientela.

 

Parece razonable que si busco una imagen determinada vaya a un banco de imágenes que me ofrece 300 000 o 400 000 ítems y no media docena de fotos, y eso no lo puede ofrecer cualquiera. El “acceso, distribución y comercialización” quedan así controlados “por parte de pocas compañías”, como señala Juan, y agrega: “Esa nueva concentración en pocas manos de la distribución y comercialización de las obras de muchos es la dinámica de la nueva economía de la Web 2.0 /…/ Sólo unos pocos son dueños de la tecnología y los recursos de almacenamiento y distribución necesarios para hacer rentable el negocio con las obras de muchos”.

 

La designación 2.0 para estos fenómenos, como si pertenecieran a una segunda versión mejorada o generación, va de la mano con otra tendencia: la acentuación del individualismo y la creación de formas asociativas según identidades tribales, que sustituyen a las formas tradicionales de pertenencia familiar, laboral, local o nacional. La asociación es por afinidad y tiene el objetivo de consumir los mismos productos bajo formas ritualizadas, como en los conciertos o el deporte, o compartir un interés sociocultural del tipo que sea, desde político hasta sexual o tecnológico.

 

Los analistas lo llaman social status 2.0, y mientras el antiguo status se basaba en poseer objetos materiales, esta segunda versión se ubica en un mundo llamado con total impunidad post material: en ese mundo se desarrolla el yo, se coleccionan experiencias, se obtienen contactos con otras personas. Hay que integrarse a redes, ser miembro de clubes cuanto más exclusivos mejor, registrarse en sitios electrónicos restringidos, mostrarse, viajar y experimentar aventuras, vestirse, peinarse y actuar según modelos, modas, estilos: mi yo es mi personaje. En las aventuras a ser vividas podemos incluir las de fines altruistas o de militancia política y filosófica.

 

Para la construcción de todo este post-mundo son indispensables los medios electrónicos, y también lo son las máquinas de información. Tal vez desde nuestro pequeño horizonte, aquí en el margen de América Latina, perdamos la perspectiva de lo qué puede significar como boca de ventas de publicidad un sitio electrónico. Baste como ejemplo recordar que MySpace tiene 70 millones de usuarios, todos en busca de música, todos intercambiando fotografías y mensajes. A una señal adecuada de la industria cultural, millones y millones de personas se vuelcan a los buscadores para formar parte de una misma novedad, apoyarla o criticarla. Aún sigue haciendo estragos la fiebre mundial del famoso Código Da Vinci.

 

Nicholas Carr sugiere en su blog un modelo de descripción para diferenciar la Web 1.0 y 2.0: en la primera, la Encyclopaedia Británica on line, y en la segunda Wikipedia; en la primera, versiones digitalizadas de los medios de prensa escrita, en la segunda los blogs. Anota como un riesgo que lo amateur sustituya a lo profesional. Claro que siempre ha sido así en cada cambio histórico: lo amateur genera a la larga “profesionales 2.0”. Un ejemplo posible es el de figuras que se hacen notorias por algún motivo y aparecen luego como estrellas de los medios de comunicación.

 

Paralelamente se genera también otra forma de hacer negocios, y la cantidad de las visitas a los diez sitios electrónicos más visitados aumentó en los últimos cinco años. Para Juan, este dato alerta sobre la paradoja del “control 2.0”: tecnología, contenidos y usuarios son parte del capital para hacer negocios en Internet, con la ventaja de que “el contenido es cada vez más un commodity (materia prima) donde la cantidad (generada por quien sea) importa más que la calidad”.

 

Podría pensarse que un crecimiento exponencial de sitios libres para alojar contenidos libres cuyo eventual costo se revirtiese a los propios autores, cambiaría favorablemente el panorama. Sin embargo, alguien lo tendría que pagar. ¿El denostado sector público de la economía, tal vez? No podemos imaginar una Red por fuera de las reglas del mercado: hay diferencias de calidad; hay quienes ganan y quienes pierden; los más fuertes, de un modo o de otro, tratarán de ejercer su “control 2.0”.

 

De todos modos hay mucho para rescatar. No resultar manipulado o engañado es una tarea para consumidores inteligentes, y también lo es el consumo de los contenidos de Internet. A este usuario lo bautizaremos “consumer 2.0” para mantenernos a la moda. Será un usuario fuertemente crítico, sanamente individualista, con capacidad de juicio propio y con conocimiento de sus propios intereses y de su papel en la sociedad: un ciudadano consumidor. ¿Es pedir demasiado?

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 32 el 24 de enero 2007. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.

 

 

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