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F. Eisner es un químico uruguayo radicado en Chile.
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Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate. Dante Alighieri
Madrid, Barajas, 28/2/07, 20:30. Entrego mi pasaporte y la tarjeta de
inmigración al tío en la cabina, ya ni recuerdo qué me preguntó, lo
cierto es que mi dinero estaba en las tarjetas y que los papeles de mi beca en
Italia los había olvidado, estúpidamente, en mi equipaje. Este primer tío
me envió a una entrevista con un segundo, que fue para peor, básicamente no me
creyó nada. Quizás fue el azar, o mi bajo eléctrico al hombro, o mi polera de
Bob Marley, o incluso mis todavía veinte y tantos años.
Sin duda la torpeza fue mía por lo de los papeles, pero rápidamente me pasó este
segundo tío a una sala de espera con dos mujeres bolivianas. De ahí nos
hizo subir al piso superior donde una tía con problemas de carácter nos
explicó que pasaríamos la noche en el hotel del aeropuerto, para
entrevistarnos a primera hora con un abogado de oficio, y luego decidir si
éramos aceptados en España como turistas. Nos puso al frente una declaración que
debíamos firmar, pero cuando intenté leerla se ofendió y anotó bajo mi firma:
se niega. Inmediatamente un tercer tío, con más cara de perro y más
prepotente, nos metió en un ascensor y nos condujo por la azotea del edificio
hasta el hotel. Nos hizo esperar unos minutos en una oficina y enseguida
nos llevó a otra contigua donde debimos entregar nuestras pertenencias. Lo que
nos dijeron fue que debíamos entregar todo aquello con lo que no se podía
viajar. Pero lo cierto es que quitaban el maquillaje a las mujeres, los
cigarrillos a todos, máquinas de afeitar y otros enseres a discreción. Incluso
tuve que dejar ahí mi bajo ya que el tercer tío eucarísticamente rezó:
"pero cómo se te ocurre a ti que vas a ir con eso para adentro". Todo quedaría
en custodia, al igual que nosotros, pero por separado.
Una segunda tía que terminó de guardar mis cosas fue bastante más sincera
y me confesó que una vez ahí la cosa se veía muy fea: "casi todos se van". Noté
inmediatamente que aplicó conmigo una discriminación positiva por no ser de las
nacionalidades más retenidas, dijo: "veo que con usted sí se puede hablar".
El hotel era el penthouse ciego de alguna estructura de Barajas. Tenía al centro
tres o cuatro oficinas y un sector común a tres diferentes áreas de reclusión.
No terminé de entender la lógica con la que separaban a la gente. A mí me tocó
el área principal, donde casi todos, a excepción de algunos marroquíes, éramos
latinoamericanos. Constaba de un salón principal bastante amplio con tres
teléfonos, dos baños, una zona para mesas y otra para el televisor. Alrededor se
contaba unas ocho habitaciones provistas de camas marineras, pero completamente
colonizadas por grupos de brasileños, marroquíes y de otras nacionalidades que
no terminé de identificar. Supongo que la sorpresa, sumada a mi personalidad más
bien observadora, me mantuvo muy callado, tratando de mantener la calma, de
desenmarañar este pedazo de realidad que se me había, de un modo siniestro,
obsequiado.
Desde que ingresé a ese salón me llamó mucho la atención la calma y el relajo de
la gente. Ese humor y parsimonia muy nuestros, ese profundo sentido de no tener
nada que perder. Algunos pocos se mostraban afligidos o humillados, como una de
las bolivianas que subió conmigo, una ejecutiva cruceña que había decidido darse
unos días de fiesta en Islas Canarias. También estaba Ramón. No supe porqué,
pero los más animafiestas lo adoptaron y bautizaron como Carnaval. Era un
mexicano muy cuate y tranquilo, pero que sufría de trastornos de ansiedad, y
cuya medicina había quedado en su maleta. Todos lo ayudaron mucho a partir de
que comenzó a dar cabezazos contra las paredes. Carnaval era el típico sudaca
consumista, con buena pasta para gastársela en unas vacaciones de puta madre por
Europa. Cayó porque tuvo la mala suerte (o mala idea) de sacar su cámara de
video en alguna parte de la inmigración, lo cual a algún guardia "cojonudo" no
le gustó y le juró que lo devolvería a su país. Así que ahí estaba igual que
todos, pero incluso por menos. Carnaval trabajaba para algún senador mexicano, y
estaba tratando de mover algún hilo lejano. No supe el final.
Yo por mi parte tenía una esperanza. Me alojaría en Madrid en casa de un
embajador. Apenas el primer tío me mandó a la entrevista llamé a su casa
y me atendió un amigo que ya estaba allí, me dijo que el embajador estaba en una
cena oficial, y que apenas llegara verían qué se podía hacer. De hecho así fue,
pero llegó al aeropuerto cerca de las 23:30, hora en que la policía argumentó
que no había nadie con autoridad para sacarme. Me llamaron al hotel y me
explicaron que tendría que aguantar la noche y que a primera hora volverían a
sacarme. Para entonces ya nos habían tirado una milanesa de pescado con papas
fritas, entre otras cosas no aconsejables de probar. Inmediatamente entró la
gente de la limpieza a barrer y trapear aquel chiquero, y acto seguido sonó el
silbato que anunciaba la hora de dormir. A los que no teníamos cama se nos
entregó un colchón y un juego de sábanas limpias con una toalla. Así que todos
al suelo, hombres para un lado y mujeres para el otro. Darían sólo unos minutos
más de luz, los que aproveché para leer un poco y abstraerme de tanta
convivencia. Todo esto era en la sala principal, pero en las habitaciones las
luces quedaron encendidas toda la noche y aquello era una cofradía de paisanos
tramando algo en aquel establo futurista.
Conquistar el sueño no era tarea fácil en ese escenario. Dos colosos roncaban a
pocos colchones, y como si fuera poco a Carnaval le dio por conversar con Perú,
una chola teñida con lengua de ametralladora. Varias veces tuve que hacerlos
callar, mientras que en sus paseos nocturnos, Honduras, un moreno de 21 años que
parecía el dueño del circo, se agachaba sobre Perú para dos o tres chapetones, y
la charla luego se reanudaba.
Tardó la sala en silenciarse, pero finalmente, entre las 3 y 4 AM ocurrió, y al
parecer todos cedimos al trance del agotamiento. Como casi siempre no recuerdo
lo que soñé, aunque fue muchísimo. Descubrí que siempre que te duermes llegas a
un punto de total entrega, que aunque por breve, te vas y tu mente abrumada te
lleva de paseo. Aunque duermas con el revólver bajo la almohada y las botas
puestas, hay un momento igual a la mejor de las siestas y que te despierte el
atardecer.
Pasadas las 8 AM se prendieron todas las luces, "y arriba a guardar los
colchones, y las sábanas en aquel montón que se van al lavado, y los que quieran
que se duchen, y que me ordenen las mesas para el desayuno y se prende el
televisor". En eso entra en escena una tercera tía, ofreciéndose para
cambiar dinero. Se constituyó a lo prestamista gitano en una mesa y comenzó a
separar en bolsitas los miserables encargos de cada cual. Allí el dinero no
servía para otra cosa que para hablar por teléfono, o para darse un gusto con
una gaseosa o un café. Esta tía era ni más ni menos que la asistente
social, y su rostro develaba la derrota. Decidí hablarle, establecer contacto,
con la excusa de buscar los papeles de mi beca en mi valija, sabiendo de
antemano que no era posible. Aproveché para contarle todo y enseguida me trató
diferente al resto. Me ofreció llamar desde su oficina y allá fuimos. Pude
hablar con el embajador que al fin me dijo que durante la mañana me sacarían.
Un tanto incrédulo de la buena noticia, dediqué mi tiempo restante a conversar
con algunos de mis compañeros. Me senté en una mesa donde estaba Honduras, cuya
fascinación era conseguir monedas de cada país representado en aquella Alcatraz.
Junto a él unos brasileños pasaban la mañana. Eran bahianos y declaraban una
indignación un tanto sobreactuada. Ella tenía dos hijos que dejaba a su madre
por largas temporadas, y él, su supuesta pareja, se quejaba de un modo
sutilmente amanerado de que alguien había fato la caca en la ducha. Ambos
estaban desesperados por un cigarro, y cuando les dije que los guardias no
habían requisado una de mis cajetillas, sus ojos se iluminaron. Cuidándonos de
supuestas cámaras escondidas les regalé mis cigarros (moneda común de
intercambio en todo recinto carcelario), sabiendo que tendrían pocas
oportunidades de fumarlos en España ya que el cautiverio estaba atiborrado de
sensores de humo, exceptuando por supuesto las oficinas de vigilancia donde se
fumaba a las literales anchas de los guardias. Más tarde pensaba si acaso no
había sido cruel de mi parte regalarles un vicio que no podrían consumir.
Durante esas primeras horas de la mañana eran llamados a la cita con el abogado
de oficio los últimos allegados del día anterior. Yo pertenecía a ese grupo, y
mi preocupación era el rumor de que una vez que se pasaba por el abogado todo
estaba perdido, por lo que el milagro de mi liberación debía ser antes de mi
turno a la cita. Se discutía aireadamente cómo proceder ante el defensor. Muchos
decían "no firmes, no firmes nada, que ellos solo quieren tu firma para cobrar
tu caso, pero no hacen nada". Es de suponer que los abogados no quisieran ni
pudieran hacer nada por sus incautos clientes, pero la no firma no llevaba a un
camino diferente. Allí todos los funcionarios españoles se sentían libres de
toda culpa por lo que sucedía. Ellos cumplían su rol, un tedioso procedimiento
burocrático, que a voces se sabía que en muy raros casos conducía a la Puerta de
Alcalá. Por lo tanto lo mejor para todos era que sucediera rápido, de lo
contrario a ellos se les complicaba el control de los reclusos, y uno se podía
comer unos cuantos días a la sombra. Sin duda allí los únicos culpables éramos
los extracomunitarios (no anglosajones). Me sorprendí por primera vez
encontrando más honesta la posición de Estados Unidos, Canadá o Australia, a los
cuales sin una visa simplemente no se puede viajar. Esto, aunque indignante,
ahorra cualquier vejamen una vez arribado al país.
Cuando a las 11:15 finalmente fui llamado, apenas alcancé a despedirme y a ver
la mano en alto de Honduras en signo de resistencia. Nunca olvidaré lo que me
dijo el guardia: "mejor diles que vuelves". Enseguida me llevó a recoger todas
mis cosas, y al preguntarle si íbamos a Madrid o a Buenos Aires, alegando
inocencia respondió, "tú sígueme". En el camino le conté que había comenzado a
escribir este relato y extrañamente se preocupó, tanto así que al llegar a la
jefatura fui llamado por el mandamás para saber de qué se trataría mi historia y
si había sido mal tratado o si alguien se había sobrepasado.
¿Cómo se responde a dicha pregunta? ¿Qué se le dice a la cara al cancerbero que
está a punto de dejarte ir? Pronto vino un enésimo tío a sacarme.
Encontramos mi maleta en un enorme montón apilado, seguramente entre las
pertenencias de mis compañeros confinados. Me hizo pasar por una ventanilla
exclusiva para comunitarios y ante la sorpresa del oficial que vio mi pasaporte,
el enésimo le dijo de mala gana: "que lo timbres, que lo vamos a hacer pasar".
Al otro lado me esperaban con chofer y auto oficial y todo. Recorriendo los
nudos de las autopistas de Madrid, rumbo al exclusivo barrio donde residía el
embajador, el contraste era extenuante. Había transitado nuevamente por el
camino de los privilegiados. No sabía –y aún no lo sé– cómo sentirme al
respecto. Me había desmarcado del estigma del sudaca, pero con las reglas del
juego de las influencias. Había entrado al viejo continente, a la Madre Patria,
por la puerta trasera V.I.P.
Puedo sentirme orgulloso entonces de conocer tan connotado puerto aéreo como
sólo algunos pocos elegidos tienen el desquiciado privilegio de hacerlo.
Roma, 16 de marzo de 2007.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 40 el 21 de marzo
de
2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |