Peripecias Nº 41 - 28 de marzo de 2007

CIUDADANÍA

 

 

Inversiones en Finlandia

 

José da Cruz

 

 

José da Cruz es geógrafo, novelista, y analista en CLAES D3E.

 

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Uruguay firmó un tratado de protección de inversiones con Finlandia y ambos países se otorgan ventajas recíprocas. Esas ventajas permitieron a la empresa Botnia comprar 100 000 hectáreas de tierra en Uruguay, plantar un millón de eucaliptos, levantar una planta procesadora de celulosa de las mayores del mundo –una especie de Maracaná pastero que figurará en todos nuestros folletos de turismo– y pronto iniciará la producción sin gravámenes impositivos ni obligaciones de especie alguna, más que la de hacer dinero.

 

Muy bien. El joven y promisorio ingeniero uruguayo Fabián Rabindranath Itself Mantegazza, doctorado por la Trade World Curry University, inventó la esfera cúbica tal como salió a toda página en El País de hace unos días y como figura en su blog. Además de ser un triunfo para la educación general y particular de nuestro país, eso resolvió un problema logístico: al empacar esferas se pierde todo el espacio entre una y otra; en cambio, los cubos rellenan todo el envase y el costo de flete por unidad disminuye.

 

Por otra parte, un agudo estudio de mercado demostró que el país donde hay mayor demanda de esferas cúbicas es, justamente, la lejana república escandinava cuya capital se llama Helsinki: los finlandeses son locos por el tango, el vodka y las esferas cúbicas. El emprendedor Itself Mantegazza, por lo tanto, decidió instalar una planta de producción en esta ciudad.

 

Ni corto ni perezoso, ni más tarde que temprano, solicitó una zona franca y esperó obtener un tratamiento recíproco: en las zonas francas el Estado uruguayo autoriza a desarrollar cualquier tipo de actividad, comercial, industrial o de servicios, sin limitación alguna, con una serie de beneficios para el inversor. Pero no, la Unión Europea no permite ese artilugio en Helsinki, lamentablemente, le explicó una funcionaria rosada y gordita.

 

Fabián Rabindranath protestó y pateó, fue al parlamento europeo de Estrasburgo y a la Corte Internacional de La Haya, al comisariato de la UE en Bruselas y a la Agencia Internacional de la Energía Atómica en Viena a saludar a un amigo. No logró nada. Entonces salió a la prensa y prometió en el Helsingin Sanomat 345 000 empleos más o menos indirectos y anunció que el Banco Mundial le otorgaría un crédito de 250 millones de dólares con la garantía del Estado finlandés. Sin embargo, el mismo Estado finlandés declaró horrorizado que no saldría de garantía de nada, y que la empresa se arreglara como pudiera.

 

Mantegazza alegó que así habían funcionado las cosas para que Botnia se instalara en Uruguay, y no podía entender la discriminación: Uruguay había garantido el préstamo, los seguros y hasta uno contra el mal tiempo. Cuatro ministros se le rieron, discretamente, en la cara. La Ministra del Ambiente, que hablaba español pues había estado poniendo ladrillos en Nicaragua allá por su juventud, le explicó que Finlandia era un país serio y que nadie se tragaba la pastilla, independientemente de si era de menta o de frambuesa.

 

Además, le informaron que el ombudsman ciudadano había denunciado lo del número de empleos en la oficina de Defensa del Consumidor como propaganda mentirosa, y si no se retractaba de esa barbaridad sería condenado a picar hielo durante cinco inviernos en Laponia, como trabajo social. Así no había sido con Botnia en Uruguay, discurseó con el dedo levantado nuestro héroe, pero tuvo que aguantarse tranquilito.

 

En el Banco Mundial, que nunca dice no a un proyecto empresarial si es bien grande, fue recibido con cariño. Sin embargo, el crédito fue suspendido hasta que los funcionarios averiguaran para qué diablos servían las dichosas esferas cúbicas.

 

El tiempo pasó. Rabindranath aprendió a decir hyvää pavää, buenos días, y perkele, algo así como carajo, y veía con pavor cómo su cuenta del BROU disminuía cada vez que sacaba dólares del cajero automático. Ahí empezó su desgracia: aceptó un trabajo al negro, para lavar platos en la cadena de hoteles Yxy Kaksi. Por supuesto lo agarraron in fraganti, es decir por la fragancia a soda cáustica de los ácidos que utilizaba en la cocina. Se cree que lo denunció un posible competidor.

 

Fue deportado a San Petersburgo, ya que el funcionario de migraciones insistió en que Uruguay era una de las tantas ex-repúblicas soviéticas del Asia Central, y que allá vieran lo que hacían. Como Fabián Rabindranath Itself Mantegazza estaba atado y amordazado, como se acostumbra hacer en Europa con los polizontes africanos, no pudo decir nada. Ya en el aeropuerto de San Petersburgo, o Piotr como dicen sus habitantes, le quitaron la mordaza y se lamentó:

 

– Pero yo iba a invertir en lo de las esferas...

 

– Andá, Tercermundo –le dijo el fornido policía finlandés que lo acompañó esposado en el avión–, andá a invertir a Tanzania. ¿Y sabés qué podés hacer con tus esferas?.

 

Publicado en Globalizacion.org. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 41 el 28 de marzo 2007. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.

 

 

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