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José da Cruz es geógrafo, novelista, y analista en
CLAES D3E.
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Uruguay firmó un tratado de protección de inversiones con Finlandia y ambos
países se otorgan ventajas recíprocas. Esas ventajas permitieron a la empresa
Botnia comprar 100 000 hectáreas de tierra en Uruguay, plantar un millón de
eucaliptos, levantar una planta procesadora de celulosa de las mayores del mundo
–una especie de Maracaná pastero que figurará en todos nuestros folletos de
turismo– y pronto iniciará la producción sin gravámenes impositivos ni
obligaciones de especie alguna, más que la de hacer dinero.
Muy bien. El joven y promisorio ingeniero uruguayo Fabián Rabindranath Itself
Mantegazza, doctorado por la Trade World Curry University, inventó la
esfera cúbica tal como salió a toda página en El País de hace unos días y
como figura en su blog. Además de ser un triunfo para la educación
general y particular de nuestro país, eso resolvió un problema logístico: al
empacar esferas se pierde todo el espacio entre una y otra; en cambio, los cubos
rellenan todo el envase y el costo de flete por unidad disminuye.
Por otra parte, un agudo estudio de mercado demostró que el país donde hay mayor
demanda de esferas cúbicas es, justamente, la lejana república escandinava cuya
capital se llama Helsinki: los finlandeses son locos por el tango, el vodka y
las esferas cúbicas. El emprendedor Itself Mantegazza, por lo tanto, decidió
instalar una planta de producción en esta ciudad.
Ni corto ni perezoso, ni más tarde que temprano, solicitó una zona franca y
esperó obtener un tratamiento recíproco: en las zonas francas el Estado uruguayo
autoriza a desarrollar cualquier tipo de actividad, comercial, industrial o de
servicios, sin limitación alguna, con una serie de beneficios para el inversor.
Pero no, la Unión Europea no permite ese artilugio en Helsinki, lamentablemente,
le explicó una funcionaria rosada y gordita.
Fabián Rabindranath protestó y pateó, fue al parlamento europeo de Estrasburgo y
a la Corte Internacional de La Haya, al comisariato de la UE en Bruselas y a la
Agencia Internacional de la Energía Atómica en Viena a saludar a un amigo. No
logró nada. Entonces salió a la prensa y prometió en el Helsingin Sanomat 345
000 empleos más o menos indirectos y anunció que el Banco Mundial le otorgaría
un crédito de 250 millones de dólares con la garantía del Estado finlandés. Sin
embargo, el mismo Estado finlandés declaró horrorizado que no saldría de
garantía de nada, y que la empresa se arreglara como pudiera.
Mantegazza alegó que así habían funcionado las cosas para que Botnia se
instalara en Uruguay, y no podía entender la discriminación: Uruguay había
garantido el préstamo, los seguros y hasta uno contra el mal tiempo. Cuatro
ministros se le rieron, discretamente, en la cara. La Ministra del Ambiente, que
hablaba español pues había estado poniendo ladrillos en Nicaragua allá por su
juventud, le explicó que Finlandia era un país serio y que nadie se tragaba la
pastilla, independientemente de si era de menta o de frambuesa.
Además, le informaron que el ombudsman ciudadano había denunciado lo del
número de empleos en la oficina de Defensa del Consumidor como propaganda
mentirosa, y si no se retractaba de esa barbaridad sería condenado a picar hielo
durante cinco inviernos en Laponia, como trabajo social. Así no había sido con
Botnia en Uruguay, discurseó con el dedo levantado nuestro héroe, pero tuvo que
aguantarse tranquilito.
En el Banco Mundial, que nunca dice no a un proyecto empresarial si es bien
grande, fue recibido con cariño. Sin embargo, el crédito fue suspendido hasta
que los funcionarios averiguaran para qué diablos servían las dichosas esferas
cúbicas.
El tiempo pasó. Rabindranath aprendió a decir hyvää pavää, buenos días, y
perkele, algo así como carajo, y veía con pavor cómo su cuenta del BROU
disminuía cada vez que sacaba dólares del cajero automático. Ahí empezó su
desgracia: aceptó un trabajo al negro, para lavar platos en la cadena de hoteles
Yxy Kaksi. Por supuesto lo agarraron in fraganti, es decir por la fragancia a
soda cáustica de los ácidos que utilizaba en la cocina. Se cree que lo denunció
un posible competidor.
Fue deportado a San Petersburgo, ya que el funcionario de migraciones insistió
en que Uruguay era una de las tantas ex-repúblicas soviéticas del Asia Central,
y que allá vieran lo que hacían. Como Fabián Rabindranath Itself Mantegazza
estaba atado y amordazado, como se acostumbra hacer en Europa con los polizontes
africanos, no pudo decir nada. Ya en el aeropuerto de San Petersburgo, o Piotr
como dicen sus habitantes, le quitaron la mordaza y se lamentó:
– Pero yo iba a invertir en lo de las esferas...
– Andá, Tercermundo –le dijo el fornido policía finlandés que lo acompañó
esposado en el avión–, andá a invertir a Tanzania. ¿Y sabés qué podés hacer con
tus esferas?.
Publicado en
Globalizacion.org. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 41 el 28 de marzo
2007. Se permite la reproducción del artículo siempre
que se cite la fuente. |