|
 |
|
|
José da Cruz es geógrafo, novelista, y analista en
CLAES D3E.
¿Desea comentar
este texto? Si es así complete el formulario de comentarios -
seguir
...
|
|
|
|
 |
|
|
|
La única construcción humana que se vería desde la Luna, dicen, es la Muralla
China. Acaba de prohibirse la circulación de vehículos sobre ella –es ancha,
ustedes han visto fotos– pues, imagino, ciclistas y motociclistas la usarían
como un fantástico camino protegido, bien pavimentado y de nosecuántos
cientos de quilómetros. Tal vez el atrevido piloto de un Cherry QQ o algún otro
pequeño autito chino también probó esa carretera milenaria, una verdadera y
literal “highway”.
A lo largo de los siglos se han construido centenares de muros en torno a las
ciudades, de paredes rectas en el llano o sinuosas en zonas quebradas. Hoy son
valiosos recursos turísticos como en Carcassonne o Cracovia o tantos otros
lugares donde se han conservado.
Está bien que sean objetos turísticos. El muro, recurso defensivo por
excelencia, poco tiene que hacer en un mundo globalizado, en el que desde hace
decenios gozamos de tratados sobre los Derechos Humanos por todos venerados y
donde el diálogo ha suplantado a la guerra. Por eso el Mundo Entero, como les
gusta decir a los europeos para referirse a sí mismos, festejó la caída del
Odioso y Oprobioso Muro de Berlín y así informaron las cadenas, también
Mundiales, de televisión.
Donde hay un muro hay conflicto, hay confrontación, hay guerra. Chinos contra
mongoles, comunistas contra capitalistas, romanos contra otras tribus, católicos
contra musulmanes: siempre un muro. Pero hay un pequeño pero. A pesar de que
esas Cadenas Mundiales de televisión no hablen mucho de eso, recordemos que hoy
aparecieron nuevos muros: muro entre España africana y el resto de África, muro
entre México y los EEUU, muro entre Israel y Palestina, muro entre la Zona Verde
y el resto de Irak, muros, alambrados y trincheras entre las dos Coreas, muros
en torno a cada shopping mall, muros en torno a cada condominio de lujo,
muros contra el “terrorismo” en torno a aeropuertos, puertos y zonas francas,
muros, muros, muros.
Hay incluso un muro impenetrable sin cemento, piedras, ladrillos, alambradas de
púa ni guardias armados, compuesto de dinero y barreras de clase... Perdón, ya
no existen las clases y yo me lo había olvidado; lo que existe es una diferencia
de estilos de vida o falta de competencia social, que igualmente son un muro.
Si los muros separan enemigos, es interesante mirar con ojo de geógrafo cuál es
la frontera que definen los muros actuales. No hay que ser un genio de la
cartografía para notar que todas esas líneas amuralladas separan los puntos en
el planeta donde los ricos tienen un contacto directo, físico, con los pobres:
África roza un puntito colonial de Europa, México comparte miles de kilómetros
con EEUU, Israel ocupa territorios en medio de Palestina... El muro es la línea
de la guerra.
Pero, dirán ustedes, a nadie le gustan los muros y contra el de Berlín se
alzaron permanentemente voces indignadas y con razón a lo largo de 50 largos
años. ¿Dónde suenan hoy? Ah, no lo sé. Lo que sí sé es que ningún muro logró
detener las transformaciones y acabó perdiendo vigencia. Claro, unos cayeron por
medio de la paz, otros lo hicieron a costa de la guerra. La cosa es el método,
pero caer van a caer. ¿O me ataqué de milenarismo?
Publicado en
Globalizacion.org. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 43 el 11 de abril de
2007. Se permite la reproducción del artículo siempre
que se cite la fuente. |