Peripecias Nº 43 - 11 de abril de 2007

CIUDADANÍA

 

 

Muros

 

José da Cruz

 

 

José da Cruz es geógrafo, novelista, y analista en CLAES D3E.

 

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La única construcción humana que se vería desde la Luna, dicen, es la Muralla China. Acaba de prohibirse la circulación de vehículos sobre ella –es ancha, ustedes han visto fotos– pues, imagino, ciclistas y motociclistas la usarían como un fantástico camino protegido, bien pavimentado y de nosecuántos cientos de quilómetros. Tal vez el atrevido piloto de un Cherry QQ o algún otro pequeño autito chino también probó esa carretera milenaria, una verdadera y literal “highway”.

 

A lo largo de los siglos se han construido centenares de muros en torno a las ciudades, de paredes rectas en el llano o sinuosas en zonas quebradas. Hoy son valiosos recursos turísticos como en Carcassonne o Cracovia o tantos otros lugares donde se han conservado.

 

Está bien que sean objetos turísticos. El muro, recurso defensivo por excelencia, poco tiene que hacer en un mundo globalizado, en el que desde hace decenios gozamos de tratados sobre los Derechos Humanos por todos venerados y donde el diálogo ha suplantado a la guerra. Por eso el Mundo Entero, como les gusta decir a los europeos para referirse a sí mismos, festejó la caída del Odioso y Oprobioso Muro de Berlín y así informaron las cadenas, también Mundiales, de televisión.

 

Donde hay un muro hay conflicto, hay confrontación, hay guerra. Chinos contra mongoles, comunistas contra capitalistas, romanos contra otras tribus, católicos contra musulmanes: siempre un muro. Pero hay un pequeño pero. A pesar de que esas Cadenas Mundiales de televisión no hablen mucho de eso, recordemos que hoy aparecieron nuevos muros: muro entre España africana y el resto de África, muro entre México y los EEUU, muro entre Israel y Palestina, muro entre la Zona Verde y el resto de Irak, muros, alambrados y trincheras entre las dos Coreas, muros en torno a cada shopping mall, muros en torno a cada condominio de lujo, muros contra el “terrorismo” en torno a aeropuertos, puertos y zonas francas, muros, muros, muros.

 

Hay incluso un muro impenetrable sin cemento, piedras, ladrillos, alambradas de púa ni guardias armados, compuesto de dinero y barreras de clase... Perdón, ya no existen las clases y yo me lo había olvidado; lo que existe es una diferencia de estilos de vida o falta de competencia social, que igualmente son un muro.

 

Si los muros separan enemigos, es interesante mirar con ojo de geógrafo cuál es la frontera que definen los muros actuales. No hay que ser un genio de la cartografía para notar que todas esas líneas amuralladas separan los puntos en el planeta donde los ricos tienen un contacto directo, físico, con los pobres: África roza un puntito colonial de Europa, México comparte miles de kilómetros con EEUU, Israel ocupa territorios en medio de Palestina... El muro es la línea de la guerra.

 

Pero, dirán ustedes, a nadie le gustan los muros y contra el de Berlín se alzaron permanentemente voces indignadas y con razón a lo largo de 50 largos años. ¿Dónde suenan hoy? Ah, no lo sé. Lo que sí sé es que ningún muro logró detener las transformaciones y acabó perdiendo vigencia. Claro, unos cayeron por medio de la paz, otros lo hicieron a costa de la guerra. La cosa es el método, pero caer van a caer. ¿O me ataqué de milenarismo?

 

Publicado en Globalizacion.org. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 43 el 11 de abril de 2007. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.

 

 

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