Peripecias Nº 46 - 2 de mayo de 2007

CIUDADANÍA

 

 

La solución es más trabajo

Ralph Dahrendorf

 

 

R. Dahrendorf es ex director de la London School of Economics. Este artículo integra “El recomienzo de la historia” (Katz, 2007).

 

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En las sociedades globalizadas, el trabajo ya no funciona como herramienta de control social y esto abre un vacío peligroso. Para Dahrendorf, se trata de evitar, a toda costa, caer en el asistencialismo.

 

Hay suficientes actividades para todos. En ese sentido nunca se nos acabará el trabajo. Incluso hay suficiente trabajo pago para todos si los salarios en principio pueden bajar y se encuentra a alguien que los pague. ¿Pero por qué la gente tendría que pagar por el trabajo de otros? Aquí nos encontramos con la primera de las dos grandes transformaciones del mercado laboral que han modificado las viejas sociedades del trabajo. La clase global se las arregla sin el trabajo de muchos. Tendrá muchos ayudantes de ayudantes, algunos de ellos sin formación y con bajas remuneraciones, pero parte considerable del 40% sin estudios no es necesaria para el resto. Eso es nuevo. Los capitalistas clásicos necesitaban el trabajo para utilizar sus fuerzas productivas. En definitiva, John Keynes pudo incluso inventar el control consciente de la demanda para reincorporar a los desocupados al trabajo y de ese modo mantener el capitalismo en marcha. El capital y el trabajo estaban fatalmente conectados, como lo describió Marx en términos tajantes. El capital habrá tenido el poder, pero el trabajo no carecía de efecto palanca. Pero la clase global en ascensor no necesita todo el trabajo que está en principio disponible. Necesita computadoras, pero no obreros. (Si escribiera un libro sobre esta clase y los nuevos conflictos, su título sería “El capital sin trabajo”). Por eso el trabajo que se les consigue a muchos tiene algo de irrelevante, casi de superfluo. En eso es elocuente la experiencia del New Labour con el llamado New Deal. El programa debía proporcionar educación o una actividad en servicios voluntarios o un puesto de trabajo para cien mil jóvenes. Fue un programa caro que generó poco trabajo a altos costos. A algunos la educación les sirvió para salir de la sensación de inutilidad, aunque muchos interrumpieron la formación antes de tiempo por no ver una luz al final del túnel. Los socialmente excluidos no se toman en serio las actividades voluntarias. Por el contrario, son los que tienen buena formación y éxito, como hemos visto, quienes participan activamente en la vida de la sociedad civil.

 

¿Y por qué entonces la preocupación por todos aquellos que evidentemente no son necesarios? La sociedad del trabajo desarrolló una detallada ideología del valor del trabajo. La ocupación le permite al ser humano no sólo ganarse la vida, sino que también es la clave de acceso a sus derechos y por ende al Estado de bienestar; además, hace que la gente sienta respeto por sí misma e incluso le da sentido a su vida. Pero para que eso suceda el trabajo en sí tiene que tener un cierto sentido. Por lo menos tiene que parecerle importante a quien lo hace. Esto se ha convertido en un verdadero problema para muchos de los que están afuera de la nueva economía. Cambian de trabajo con frecuencia no porque se los emplee por poco tiempo y se los despida rápidamente, sino porque los trabajos a los que tienen acceso no tienen mucha importancia. Mientras la clase global se divierte con Internet, se cuelga del teléfono y así llena además sus cuentas bancarias, otros viven una vida que no buscaron, una “vida de portafolio” de trabajos ocasionales, delitos ocasionales y diversiones ocasionales. La sociedad del trabajo, que mantiene la cohesión del conjunto exceptuando a una reducida clase ociosa en la cima y el lumpenproletariado en el otro extremo, se ha desintegrado.

 

Es posible que la consecuencia más seria sea la pérdida de un aspecto de la ocupación que hasta ahora no mencionamos: el trabajo como instrumento de control social. La necesidad de trabajar es uno de los métodos más efectivos para mantener a la gente en el buen camino; eso ocurría tanto en las sociedades industriales como en otras anteriores: el trabajo estructuraba el tiempo sin que los poderes que estaban detrás del proceso fueran siempre visibles. Había que trabajar para vivir y trabajar significaba ir a la fábrica o la oficina por la mañana, volver al anochecer, tener vacaciones de vez en cuando, enfermarse a veces, retirarse al final con una merecida jubilación. Por razones relacionadas con el éxito de las estrategias para reducir el trabajo normal –pero también con la falta de trabajo normal para casi la mitad de la población en edad de trabajar, debido a la dulce tentación de la dependencia del Estado de bienestar, el surgimiento de nuevas formas de dependencia y una tendencia general a disolver las jerarquías definidas por el trabajo–, el control social por medio del tiempo estructurado por el trabajo se debilitó para muchos y para otros desapareció por completo.

 

Es posible que el debilitamiento del control social sea el mayor problema específico del mundo moderno. También es su tema permanente. Primero perdieron poder las iglesias, luego la familia, la comuna, la nación. En todas partes las sociedades recorrieron el camino desde los vínculos estamentales hasta los contractuales. El contrato de trabajo terminó siendo casi el único método que quedaba para estructurar la vida de la gente. En la medida en que eso ya no es la regla, y para la mayoría ya no es una experiencia de vida, se abre un vacío peligroso. Las bases morales de la sociedad se desintegran. No es un milagro que la cohesión social se haya vuelto un tema político, y con ella el lenguaje de la solidaridad y la comunidad. ¿Nos ayudará esa tematización a resolver las cuestiones de ley y orden que para muchos están tan arriba en la lista de prioridades?

 

La clase global tiene sus propios recursos y sus vías para garantizar la seguridad personal de sus miembros, pero también quiere tener sociedades cohesionadas. El comunitarismo solo no va a lograrlo, y tampoco el fortalecimiento del sector voluntario de organizaciones no gubernamentales, y es precisamente por eso que el trabajo para todos se ha convertido en un tema tan desesperadamente importante. El trabajo para todos es necesario sobre todo como instrumento de control social, ¿pero qué ocurre si la gente no quiere el trabajo disponible porque sabe bien que en realidad no se la necesita? En ese caso hay que obligarla a trabajar. Hay que recortar las prestaciones sociales para todos los que no trabajan, aunque sean madres solteras. Hay que combatir el fraude social con todo rigor, aunque tenga proporciones muy modestas. Si la gente se refugia en el delito, entra en juego la política de Tony Blair: “duro con el delito, duro con las causas del delito”. Eso significa en primer lugar castigar con dureza los delitos. Por lo que toca a las causas, el trabajo parece ser la única respuesta, o en todo caso la predilecta.

 

Publicado en Ñ nro. 179 el 3 de marzo de 2007, suplemento cultural del diario Clarín (Argentina). Reproducido en el semanario Peripecias Nº 46 el 2 de mayo de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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