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R. Dahrendorf es ex director de la London School of Economics. Este
artículo integra “El recomienzo de la historia” (Katz, 2007).
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En las sociedades globalizadas, el trabajo ya no funciona como herramienta de
control social y esto abre un vacío peligroso. Para Dahrendorf, se trata de
evitar, a toda costa, caer en el asistencialismo.
Hay suficientes actividades para todos. En ese sentido nunca se nos acabará el
trabajo. Incluso hay suficiente trabajo pago para todos si los salarios en
principio pueden bajar y se encuentra a alguien que los pague. ¿Pero por qué la
gente tendría que pagar por el trabajo de otros? Aquí nos encontramos con la
primera de las dos grandes transformaciones del mercado laboral que han
modificado las viejas sociedades del trabajo. La clase global se las arregla sin
el trabajo de muchos. Tendrá muchos ayudantes de ayudantes, algunos de ellos sin
formación y con bajas remuneraciones, pero parte considerable del 40% sin
estudios no es necesaria para el resto. Eso es nuevo. Los capitalistas clásicos
necesitaban el trabajo para utilizar sus fuerzas productivas. En definitiva,
John Keynes pudo incluso inventar el control consciente de la demanda para
reincorporar a los desocupados al trabajo y de ese modo mantener el capitalismo
en marcha. El capital y el trabajo estaban fatalmente conectados, como lo
describió Marx en términos tajantes. El capital habrá tenido el poder, pero el
trabajo no carecía de efecto palanca. Pero la clase global en ascensor no
necesita todo el trabajo que está en principio disponible. Necesita
computadoras, pero no obreros. (Si escribiera un libro sobre esta clase y los
nuevos conflictos, su título sería “El capital sin trabajo”). Por eso el
trabajo que se les consigue a muchos tiene algo de irrelevante, casi de
superfluo. En eso es elocuente la experiencia del New Labour con el llamado New
Deal. El programa debía proporcionar educación o una actividad en servicios
voluntarios o un puesto de trabajo para cien mil jóvenes. Fue un programa caro
que generó poco trabajo a altos costos. A algunos la educación les sirvió para
salir de la sensación de inutilidad, aunque muchos interrumpieron la formación
antes de tiempo por no ver una luz al final del túnel. Los socialmente excluidos
no se toman en serio las actividades voluntarias. Por el contrario, son los que
tienen buena formación y éxito, como hemos visto, quienes participan activamente
en la vida de la sociedad civil.
¿Y por qué entonces la preocupación por todos aquellos que evidentemente no son
necesarios? La sociedad del trabajo desarrolló una detallada ideología del valor
del trabajo. La ocupación le permite al ser humano no sólo ganarse la vida, sino
que también es la clave de acceso a sus derechos y por ende al Estado de
bienestar; además, hace que la gente sienta respeto por sí misma e incluso le da
sentido a su vida. Pero para que eso suceda el trabajo en sí tiene que tener un
cierto sentido. Por lo menos tiene que parecerle importante a quien lo hace.
Esto se ha convertido en un verdadero problema para muchos de los que están
afuera de la nueva economía. Cambian de trabajo con frecuencia no porque se los
emplee por poco tiempo y se los despida rápidamente, sino porque los trabajos a
los que tienen acceso no tienen mucha importancia. Mientras la clase global se
divierte con Internet, se cuelga del teléfono y así llena además sus cuentas
bancarias, otros viven una vida que no buscaron, una “vida de portafolio” de
trabajos ocasionales, delitos ocasionales y diversiones ocasionales. La sociedad
del trabajo, que mantiene la cohesión del conjunto exceptuando a una reducida
clase ociosa en la cima y el lumpenproletariado en el otro extremo, se ha
desintegrado.
Es posible que la consecuencia más seria sea la pérdida de un aspecto de la
ocupación que hasta ahora no mencionamos: el trabajo como instrumento de control
social. La necesidad de trabajar es uno de los métodos más efectivos para
mantener a la gente en el buen camino; eso ocurría tanto en las sociedades
industriales como en otras anteriores: el trabajo estructuraba el tiempo sin que
los poderes que estaban detrás del proceso fueran siempre visibles. Había que
trabajar para vivir y trabajar significaba ir a la fábrica o la oficina por la
mañana, volver al anochecer, tener vacaciones de vez en cuando, enfermarse a
veces, retirarse al final con una merecida jubilación. Por razones relacionadas
con el éxito de las estrategias para reducir el trabajo normal –pero también con
la falta de trabajo normal para casi la mitad de la población en edad de
trabajar, debido a la dulce tentación de la dependencia del Estado de bienestar,
el surgimiento de nuevas formas de dependencia y una tendencia general a
disolver las jerarquías definidas por el trabajo–, el control social por medio
del tiempo estructurado por el trabajo se debilitó para muchos y para otros
desapareció por completo.
Es posible que el debilitamiento del control social sea el mayor problema
específico del mundo moderno. También es su tema permanente. Primero perdieron
poder las iglesias, luego la familia, la comuna, la nación. En todas partes las
sociedades recorrieron el camino desde los vínculos estamentales hasta los
contractuales. El contrato de trabajo terminó siendo casi el único método que
quedaba para estructurar la vida de la gente. En la medida en que eso ya no es
la regla, y para la mayoría ya no es una experiencia de vida, se abre un vacío
peligroso. Las bases morales de la sociedad se desintegran. No es un milagro que
la cohesión social se haya vuelto un tema político, y con ella el lenguaje de la
solidaridad y la comunidad. ¿Nos ayudará esa tematización a resolver las
cuestiones de ley y orden que para muchos están tan arriba en la lista de
prioridades?
La clase global tiene sus propios recursos y sus vías para garantizar la
seguridad personal de sus miembros, pero también quiere tener sociedades
cohesionadas. El comunitarismo solo no va a lograrlo, y tampoco el
fortalecimiento del sector voluntario de organizaciones no gubernamentales, y es
precisamente por eso que el trabajo para todos se ha convertido en un tema tan
desesperadamente importante. El trabajo para todos es necesario sobre todo como
instrumento de control social, ¿pero qué ocurre si la gente no quiere el trabajo
disponible porque sabe bien que en realidad no se la necesita? En ese caso hay
que obligarla a trabajar. Hay que recortar las prestaciones sociales para todos
los que no trabajan, aunque sean madres solteras. Hay que combatir el fraude
social con todo rigor, aunque tenga proporciones muy modestas. Si la gente se
refugia en el delito, entra en juego la política de Tony Blair: “duro con el
delito, duro con las causas del delito”. Eso significa en primer lugar castigar
con dureza los delitos. Por lo que toca a las causas, el trabajo parece ser la
única respuesta, o en todo caso la predilecta.
Publicado en Ñ nro. 179
el 3 de marzo de 2007, suplemento cultural del diario Clarín (Argentina).
Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 46 el 2 de mayo
de
2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |