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C. Córdoba es colombiano, graduado en filosofía y
especialista en desarrollo regional.
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La semana pasada se realizó en Medellín una de las ferias de la moda más
importantes de América Latina –Colombiamoda– la cual se ha venido convirtiendo
en la vitrina de confecciones más vendedora del país. Cientos de expositores,
incluida la prestigiosa Carolina Herrera, millones de dólares en transacciones,
decenas de modelos bellas y hasta eventos académicos con nombres tan profundos
como "Sensibilidades y conceptos de moda íntima" o "Periodismo de moda: libre de
mordazas e intereses", se dieron cita en Medellín para mostrar "la Colombia
bella y competitiva".
Por unos días este país se sintió más cercano a las dinámicas de las grandes
mecas de la moda que a nuestra realidad verdadera. Los medios de
comunicación, que nos meten a Colombiamoda casi por todos los sentidos,
estuvieron a punto de lograr que la banalidad de la moda se extendiera como un
manto de tranquilidad sobre nuestra situación, incluso lograron que otro evento
relacionado con la ropa, con prendas de vestir, pasara desapercibido.
Mientras en Medellín había pasarelas, a unos cientos de kilómetros al sur, en el
municipio de la Hormiga en Putumayo, las prendas tenían un papel más macabro.
Después de exhumar varias fosas comunes con cientos de cadáveres de personas
asesinadas por los paramilitares, y ante el proceso de descomposición en algunos
casos y de descuartización en otros, a los funcionarios de la fiscalía no les
quedó más recurso que exhibir las fotos de las prendas de vestir que llevaban
los cuerpos para que más de 200 familias identificaran a sus seres queridos
desaparecidos a lo largo de los últimos años.
El contraste no podría ser más dantesco. Mientras una modelo exhibía una blusa
transparente que dejaba ver parte de sus senos, una señora gritaba de dolor al
identificar la camisa que vestía su hijo el día que desapareció. Mientras un
modelo con cara sexy se paseaba con un jean ajustado, un campesino con la cara
férrea dejaba escapar una lágrima cuando reconocía el pantalón de trabajo que
tenía puesto su hermano cuando se lo llevaron una noche.
Tal vez en el mismo momento en que un comprador en Medellín oprimía una tecla
para ordenar una operación con su banco por varios cientos de miles de dólares,
un campesino en la Hormiga se estaba imaginando cómo oprimieron el gatillo para
asesinar a su hijo. Mientras algún conferencista internacional le cuenta a unos
atentos espectadores cómo ser sensibles a la moda íntima, un funcionario de la
fiscalía, intentando no herir la sensibilidad, no sabe cómo contarle a la
hermana de una de las víctimas de los paramilitares que nadie va a responder por
la muerte de su hermano y que lo más probable es que su asesino ni siquiera
tenga una condena.
La presentadora de la pasarela comenta con tono de experta que la última
colección de Carolina Herrera tiene muchos bolsillos "porque las mujeres se
sienten más seguras con bolsillos", pero nadie sabe qué va a pasar con la
seguridad de las mujeres que reclaman a sus muertos en la Hormiga, Córdoba,
Antioquia o el Magdalena Medio.
Este país sigue siendo de contrastes, pero estos son tan vergonzosos como
deprimentes. Esta semana quedará registrada con el éxito de Colombiamoda y la
muerte de un ex presidente; los otros hechos, como en Cien Años de Soledad,
no existieron, nadie los vio, no pasó nada.
La semana pasada cientos de miles de personas salieron a las calles durante
algunos minutos agitando pañuelos blancos; la conclusión para muchos fue que
Colombia se había cansado y estaba reaccionando. Cuán ilusos somos, cuán lejos
estamos de sentir en carne propia la vergüenza de ser hombres como diría Primo
Levi, la vergüenza de estar en el país de los zombis. "Nosotros no los matamos",
"nosotros no hicimos nada", podrá decir alguien, pero tal vez es allí donde
debemos buscar, porque sí hemos hecho cosas, ninguno de nosotros es ajeno a lo
que está pasando en esta época, aunque por supuesto hay unos más viles y
canallas que otros, pero como dice Deleuze "No nos sentimos ajenos a nuestra
época, por el contrario contraemos continuamente con ella compromisos
vergonzosos… No somos responsables de las víctimas, sino ante las
victimas". Ese compromiso vulgar que hemos adquirido con nuestra pasividad, con
nuestra indiferencia o con nuestros apoyos a fórmulas mágicas de seguridad, es
lo que nos debería cuestionar a los colombianos y colombianas, no sólo nuestra
dignidad sino nuestra razón de existir.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
57 el 18 de julio de 2007. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de
Creative Commons con algunas restricciones. |