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No obstante la lucha llevada a cabo por el movimiento feminista, a inicios del
siglo XXI, la violencia familiar sigue siendo un problema a resolver por parte
de los organismos internacionales y nacionales, a través de medidas
legislativas, políticas públicas y mecanismos judiciales que garanticen a las
mujeres un pleno desarrollo individual y social.
Así lo indica el libro A diez años de Belem do Pará, Perspectivas de la
Violencia Familiar en el Distrito Federal, editado por la Secretaría de
Desarrollo Social del Gobierno del Distrito Federal (GDF) de
México.
En el texto, Norma Banda y Lilian Alemany de la organización
APIS, plantean que los problemas de las
mujeres que padecen violencia familiar se relacionan principalmente con la
salud, el agresor, las hijas e hijos, la situación de violencia, las acciones
personales y lo social.
Los problemas de salud se reflejan en la baja autoestima, depresión, miedo,
angustia e inseguridad, así como padecimientos físicos y psicológicos, siendo
estos últimos las que tienen mayor impacto en las mujeres, según señalan.
“Nuestra experiencia indica que los padecimientos físicos, como consecuencia de
la violencia familiar, sí son parte de la realidad cotidiana de las mujeres, sin
embargo, son las consecuencias psicológicas las que permanecen en su memoria, en
su conciencia, lo que nos demuestra que son precisamente estas consecuencias las
más difíciles de curar”.
En la relación con el agresor, y con las y los hijos, es muy recurrente escuchar
a las participantes del programa de APIS que el victimario le quita autoridad a
la madre sobre los descendientes, provocando que la mujer se sienta frustrada
por permitir que se viva un ambiente agresivo en el que todos se convierten en
víctimas y en el cual los pequeños aprenden una conducta que probablemente
repetirán en la adultez.
Además, manifiestan que se encuentran en una relación desigual en la que el
hombre las corrige en su forma de hablar y de actuar, se imponen a través del
miedo teniendo un control absoluto.
APIS señala que en una relación violenta existe un cierto equilibrio en el que
cada uno sabe que su pareja nunca cambiará, pero lo acepta como la única forma
que conocen de convivencia.
Por ello, la organización propone un proceso de trabajo personal donde el
agresor asuma su responsabilidad y la mujer se responsabilice de cuidar su
integridad física y emocional.
Sin embargo, también señala que la persona que sufre violencia manifiesta baja
autoestima en relación a su entorno, además de miedo e incertidumbre ante lo que
sucederá después de terminar la relación.
Las mujeres que participaron en el proceso de apoyo otorgado por APIS
manifiestan que éste contempla apoyo psicológico de alguien que comprenda su
situación, afecto, valoración, protección para salir de la violencia, adaptación
a la nueva situación y no ser cuestionada.
También implica apoyo social e institucional, es decir, información sobre dónde
acudir en situación de riesgo, tener trabajo remunerado, apoyo familiar, apoyo
de una red social, atención médica, necesidad de hablar con la familia o con
aquellos que piensan que las mujeres en esta situación son “tontas o dejadas”
para que se den cuenta de la problemática.
De igual forma, apoyo jurídico: tener leyes que en verdad sean aplicadas, ser
respetadas como individuos, generar leyes que reformen y mejoren las ya
existentes, asesoría legal y conducción del proceso de divorcio.
La ley
Respecto al tema jurídico, abordado en el libro, Elizabeth Reyes González, de la
Organización Defensa Jurídica y Educación para Mujeres AC, dice que el Informe
anual de actividades del Consejo para la Asistencia y Prevención para la
Violencia Familiar en el Distrito Federal reportó que, de julio de 2001 a junio
de 2002, en las unidades de Atención y Prevención de la Violencia Familiar se
atendieron 17 mil 789 casos.
Las Encuestas del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal,
correspondientes al año 2003, mencionan que se interpusieron mil 351 demandas de
divorcio necesario invocando la causal de violencia familiar.
Por otra parte, Reyes González asegura que no obstante la lucha llevada a cabo
por el movimiento feminista, a inicios del siglo XXI la violencia familiar sigue
siendo un problema a resolver por parte de los organismos internacionales a
través de medidas legislativas, políticas públicas y mecanismos judiciales que
garanticen a aquellas mujeres que la padecen para que tengan un pleno desarrollo
individual y social.
Entre los problemas en la aplicación de las leyes señala, por ejemplo, que en el
Código Civil en muchas ocasiones, no obstante que se acompaña de una demanda
inicial, el juez o jueza primero debe citar a audiencia al cónyuge demandado a
efectos de que comparezca para poder decretar las medidas provisionales.
Dicho aviso, señala, debe hacerse en el lugar señalado por el demandado, por lo
que pueden pasar varios meses para que se dé por enterado y aún así decida
incumplir el mandato.
Respecto al Código de Procedimientos Civiles, agrega que el Artículo 942 faculta
al juez o jueza para exhortar a las partes a promover un entendimiento para
hacer cesar la violencia, por lo que en ocasiones se presiona a la mujer para
que desista de sus peticiones, es decir, no hay conciliación, sino más bien una
“reconciliación”.
Este Código establece también que se podrá acudir al juez de lo familiar en
casos urgentes, sin embargo, en el Distrito Federal los juzgados tienen un
horario de 9:00 a 15:00 hrs., por lo que no pueden ser atendidas durante la
noche, lo que, enfatiza Reyes, implica un gran problema para la aplicación de
este precepto.
Elizabeth Reyes califica al Código Penal como ambiguo al no mencionar con
precisión los términos de integridad y de violencia sexual, lo que, según la
especialista, ocasiona que el Ministerio Público determine el no ejercicio de la
acción penal por el delito de violencia.
Por su parte, Roberto Manero Brito, profesor del departamento de Educación y
Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Xochimilco, señala
en el texto del GDF que investigaciones realizadas en la licenciatura de
Psicología de su institución refieren el sentimiento de culpa como una de las
secuelas provocadas por la violencia hacia la mujer, específicamente de la
violación.
Esto tiene también su referente jurídico, ya que la victimología plantea que la
víctima produce el sentimiento de culpa a partir de sus propias fantasías. Sin
embargo, según se indica en la publicación, algunas feministas están en
desacuerdo con dicha hipótesis y señalan que la culpa debe entenderse como un
intento de la mujer a retomar el control de su vida, es decir, que la
posibilidad de saberse culpable de haber sido violada es la posibilidad también
de evitar serlo en un futuro.
Además, señala que las secuelas de agresión sexual son las mismas que presenta
una víctima de violencia familiar: “Es como si fuera la misma constelación la
que está produciendo esta serie de síntomas, esta serie de fenómenos”.
Por otra parte, Manero señala que en más de 50 por ciento de los casos, la
violación, es realizada por personas y espacios conocidos por la víctima, en
espacios cotidianos donde la mujer se siente segura.
María del Rosario Campos Beltrán, coordinadora general del área de Prevención y
Atención la Violencia Familiar en Tech Palewi, asegura en su aportación al libro
recientemente publicado, que la democracia en casa no sólo es deseable, sino
posible, donde los valores de tolerancia, respeto, comunicación y equidad sean
ejes de la convivencia en la familia, vehículos para modificar las relaciones
autoritarias que suponen daño y abuso de poder entre sus integrantes, lo que
supone tender puentes de prevención de la violencia familiar.
Publicado en
Cimac Noticias el
18 de
diciembre de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 78 el
19 de diciembre de 2007. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos.
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