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Una idea recurrente sobre los indígenas (americanos en este caso) es la de
percibirles como guardianes de la naturaleza. Una mirada más profunda nos
desvelará el paternalismo inherente a tal concepción, así como las estrategias
neo-colonialistas pintadas de verde que operan de fondo. El resultado será la
constatación de cómo aquella idea dice más cosas de quien la construye
(occidente) que de aquellos a quienes supuestamente define (los indígenas).
“...el colonizador inscribe el devenir del mundo
según sus propios criterios, sus escalas de
valores, sus cánones, sus normas, pero deja al
colonizado el perfume del exotismo...”
(Lucas Vatim)
Los indígenas, en general, son vistos como grupos que –congelados en una especie
de Edén– viven en armonía con su entorno natural y cultural, y que conscientes
tanto de su sabiduría como de su fragilidad luchan por la defensa de dichos
entornos. No están solos en su batalla ya que reciben el apoyo exterior de un
arco social que abarca desde el ciudadano medio, hasta ciertos sectores
económicos y políticos, pasando por ambientalistas, oenegenistas, y
universitarios en general. Obviamente existe disparidad en cada una de estas
visiones, pero algo común a todas es ver al indígena desde la categoría de
“nativo ecológico” peleándose por la conservación de su medio, lo que coincide a
su vez con los objetivos de una sociedad moderna que tras constatar los estragos
de su actuación busca conservar lo que aún queda de prístino. La figura del
indígena como buen salvaje se erige entonces en ícono que desde una supuesta
sabiduría casi natural se convierte en guardián de lo ancestral que aún pueda
quedar tanto a nivel natural como cultural. El concepto de buen salvaje implica,
entonces, una especie de disposición ética positiva, y un interés innato para
conservar el entorno natural.
En principio nada sobre esta noble visión debería alarmarnos... a no ser que
constatemos que dichas construcciones simbólicas responden más a invenciones del
observador que a la realidad misma, o que hagamos caso a autores que –como
Nietzsche– nos ponen en guardia afirmando que nada hay tan peligroso como los
supuestos acríticos que fundamentan nuestras opiniones y creencias. Son estas
sospechas las que nos conducirán a atisbar cómo detrás de esta construcción de
lo indígena, [1] nos encontramos con unos presupuestos que en realidad se
convierten en sólidos pilares de discursos posteriores, y que por tanto conviene
no sólo problematizar sino también deconstruir para no caer en el error
anunciado por el filósofo, ni participar en concepciones en las que algunos
encuentran mucho beneficio.
I
Para verificar que esta idea sobre lo indígena ha sido fabricada, y para ver lo
que se esconde detrás, comencemos repasando la historia. Hasta épocas recientes,
los relatos de la inacabada conquista y colonización nos brindan múltiples
ejemplos en los que el indio era visto como el malón salvaje, que habitaba zonas
periféricas del poder y que había que pacificar; las descripciones de la época
nos hablan de seres belicosos, primitivos, dañinos por naturaleza, y de dudosa
capacidad de poseer alma.[2] Hoy la perspectiva nos muestra cómo este
estereotipo creado del indígena fue imprescindible para justificar la conquista
de sus territorios, su disciplinamiento para los trabajos a los que se le
sometió, y su posterior educación para que dejara “lo salvaje” y aceptara lo que
se le imponía.[3] Dicho con otras palabras, la necesidad de legitimar la
conquista hizo que se ofreciera una visión del indio como malón salvaje
convirtiéndole en enemigo interno creador de miedos que justificara el horror
etnocida al que se les sometió.
Sirva este pequeño excursus para certificar cómo la variante que sobre lo
indígena ha habido muestra tanto la utilización que de ella se ha hecho como la
comprobación de que esas ideas vienen impuestas desde fuera, pero sirva sobre
todo para preguntarnos por lo que de oculto y neo-colonizador puede haber en la
conceptualización que de los indígenas nos hemos fabricado en la actualidad. No
hay que ser psicólogo para constatar que en la construcción del malón salvaje
había una proyección hacia lo indio de detestables hábitos propios, y no es
necesario ser adivino para intuir perversos implícitos en la bienintencionada
idea del buen salvaje que guarda lo que aún queda de Edén natural. Detengámonos
en algunos de estos supuestos.
II
Considerar a los indígenas guardianes de lo que aún queda de ecosistema es
cargarles de una inmensa responsabilidad para que la sociedad moderna tenga aún
un cabo al que agarrarse para retrasar el ecocidio. En el fondo es
representarles formando parte de una naturaleza que se considera patrimonio de
la humanidad y que en consecuencia pasa a ser administrada por los difusos y
lejanos centros de poder. Y ya sabemos que estos centros de poder en ocasiones
deciden que hay que conservar ciertas porciones de naturaleza, y en otras, las
más, que hay que sacar provecho de ella. Los discursos ambientalistas globales
forman parte de esta neo-imposición en cuanto que se sitúan por encima de lo
local, y lo que es aún peor, que ven al indígena formando parte de esa
naturaleza. La idea siempre aplaudida y nunca realizada (porque no se tocan
principios sagrados del capitalismo) del desarrollo sostenible encuentra unos
aliados obligados en los indígenas. Si en épocas pasadas se trató de domesticar
al indio a través de la religión, el trabajo, o ideologías como la indigenista,
ahora la doctrina verde puede servir de coartada para un nuevo neo-colonialismo.
Que los indígenas sean pensados como parte del ámbito natural es situarlos en el
nivel que la modernidad siempre asignó a la naturaleza: como espacio donado del
que servirse dominándolo. Este deseo de domino sobre la tierra es una constante
que ha recorrido la historia occidental desde el Génesis hasta la Ilustración de
la que se nutre la Modernidad; y cada día que pasa, aquel sueño está más próximo
a realizarse, pero paradójicamente al hacerlo se convierte en pesadilla; es como
si los dioses, para castigar, utilizaran el perverso mecanismo de conceder todo
lo que se les pide. La naturaleza intacta y los indígenas que en ella habitan
son percibidos de forma similar a la mujer en esquemas patriarcales: sumisa,
conquistada y poseída. Hoy se espera que los indígenas cumplan con el papel que
se les ha asignado: nativos ecológicos (en versiones que varían de eco-mártires
a eco-héroes) que insuflen oxígeno a una moribunda modernidad, y que de paso se
sientan co-responsables de un ataque sin precedentes a la biodiversidad del que
ellos no han sido protagonistas. No nos engañemos, el capitalismo se disfraza de
verde (eco-capitalismo) con discursos de desarrollo sostenible para perpetuarse.
Es así como se hace ingresar al buen salvaje en la doble expectativa que la
sociedad actual tiene con la naturaleza: la de ser domesticada a la vez que
protegida.
El ser asignados como parte de la naturaleza implica también una perversa
distorsión temporal: invisibiliza su historia a la vez que imposibilita su
futuro. Es como si en los indígenas no hubiera habido cambios, como si se
pudieran mezclar indistintamente a los de las tierras altas con los de las
selvas, o como si todos equidistaran por igual de las sociedades modernas. Peor
aún, es como si vivieran ajenos a una conquista que se prolonga por más de
quinientos años, y como si no hubieran desarrollado mecanismos de lucha y
resistencia contra el enemigo. Negar la historia es tratar de hacer olvidar,
pero nunca buscar la justicia; es endiosar un presente atemporal castrando
cualquier interrogante histórico, es, en definitiva, provocar una amnesia
quirúrgica. Y si miramos hacia el futuro el panorama se ensombrece más ya que al
ser esencializados como guardianes se les imposibilita que lleven un camino
diferente al asignado ¿Es que no tienen derecho a labrarse su porvenir por
caminos propios? ¿Acaso las sociedades occidentales hacen algún esfuerzo por
asemejarse a lo que piden a los indígenas? De la misma forma que el padre a
gritos exige a su hijo que no grite, así nuestra sociedad pide a los indígenas
un esfuerzo conservacionista que ella no realiza.
Pero es que además la realidad contradice esta visión occidental. Que se lo
digan sino a indígenas que como los de Otavalo en Ecuador han optado por tejer
sus redes supervivenciales en paralelo a las de los mercados internacionales,
[4] que se lo pregunten a tantas comunidades que como las colombianas luchan con
las armas políticas de los poderosos para hacerse un hueco en una sociedad cada
vez más mezclada, [5] o que se fijen en casos –como en Canadá– en los que se van
detectando enfrentamientos de indígenas contra ambientalistas y miembros de ONGs
por interpretar que éstos les impiden el desarrollo que ellos buscan... La
esencialización de los indígenas impuesta desde fuera, la museificación de su
cultura, el mensaje de que si te mueves no sales en la foto... no hacen otra
cosa que poner al descubierto los larvados mecanismos de invisibilización a que
son sometidos, así como la asignación de un papel en la historia de la humanidad
que tal vez sea a ellos a quienes menos beneficia.
III
Si damos un paso más observaremos que detrás de esta idea del buen nativo
ecológico se esconde una concepción del indio como pasivo y subdesarrollado. Si
en otras épocas se le intentó civilizar para que trabajara, hoy se le intenta
asignar un puesto para que continúe en su estado “salvaje”. Pero detrás de esta
concepción pervive la construcción del indio como ignorante, del que se
desconfía que pueda llevar las riendas de su destino, y a quien hay que trazar
las líneas –occidentales, por supuesto- que debe seguir. No es necesario mucho
esfuerzo suplementario para ver en esta postura una utilización del indígena
para justificar desigualdades y jerarquías, convirtiéndole en eslabón necesario
dentro de una sociedad clasista. El mensaje que se les envía no puede ser más
contradictorio, ya que mientras que por una parte se resalta su sabiduría
ancestral, por otra se les orienta en su actuación; continuamente toda una
pléyade de políticos, religiosos, organismos internacionales, ONGs y economistas
repiten a coro: “ustedes son los que saben pero nosotros les enseñamos cómo
hacerlo”. [6]
Pero más allá de estos mecanismos que podríamos denominar “ideológicos” no
podemos perder de vista otros más “prosaicos”. La nueva fase de dominación
económica conocida como eco-capitalismo ya se ha introducido en selvas y
territorios indígenas avanzando veloz y desde distintos frentes. Uno es el de la
necesidad de zonas de biodiversidad en las que industrias como la farmacéutica
tienen un futuro prometedor a cambio de una insignificante aportación a los
indígenas como honorarios por los imprescindibles servicios de información de su
ancestral sabiduría; otro son las pujantes ganancias económicas generadas por
los mercados verdes que a través de distintas estrategias como las del comercio
justo ponen en los mercados occidentales una impensada –hasta hace poco–
variedad de productos exóticos; y uno más es la comercialización de las
tradiciones desde el denominado eco y etno-turismo que se inserta en el corazón
de las comunidades a cambio de unos dólares; y por último (y más preocupante) el
intento de sospechosos organismos como el BM o FMI que apoyan lo local indígena
para cosechar océanos de beneficios. Todos estos frentes comparten el ver lo
indígena como potencial económico ofreciéndole a cambio posibilidades de un
futuro dentro de un marco de desarrollo sostenible impuesto casi siempre desde
fuera, y comparten también la reificación o cosificación de su territorio y
tradiciones al ser percibidos con parámetros de recursos económico-productivos.
En resumen, no es descabellado observar cómo la construcción de una identidad
indígena como ecológica sirve sobre todo para la necesidad intrínseca del
capitalismo de hacerse con nuevos mercados; tampoco es descabellado pensar de
forma pesimista en lo que les puede ocurrir a medio plazo a los indígenas si se
dejan llevar por estos cantos de sirena. Y como pensar es gratis, también
podemos observar este proceso desde una nueva visión colonialista de sus
recursos que ahora llega en forma de proyectos de desarrollo, mercados
alternativos y reivindicación de lo indígena desde visiones cuasi-románticas
cuyo trasfondo es el potenciar, a la vez que dirigir, a un indígena al que se le
sigue considerando menor de edad. Hoy, desde la perspectiva del cambio
climático, las políticas señaladas irán cobrando más fuerza y servirán para
potenciar la idea del desarrollo sostenible y mostrar que su benefactor es el
eco-capitalismo. Pero precisamente esta urgencia por entrar en los nuevos
tiempos nos permitirá desvelar a quién interesa realmente que el indígena sea
percibido como guardián de la naturaleza.
IV
Investigar en las direcciones apuntadas nos lleva a la constatación definitiva
de que lo indígena ha sido definido desde fuera y no precisamente de forma
inocente. Ahora bien, ¿qué piensan los propios indígenas? ¿hasta dónde ha calado
el intento domesticador? ¿qué actitudes mantienen? Indudablemente no hay
unanimidad en la respuesta debido a la sinfonía de matices que se despliegan
desde Tierra de Fuego hasta Alaska y desde la profundidad selvática hasta las
alturas andinas. Sin embargo podemos apuntar algunas reflexiones.
La primera es que el mundo indígena, con el trasfondo de los nuevos tiempos, ha
globalizado una puesta en pie colectiva tras la larga noche de marginación e
invisibilidad que ha superado ya los cinco siglos. Esta “sublevación” les ha
llevado en muchos casos a aceptar la definición impuesta desde fuera pues se han
visto en la paradójica situación de que para reclamar dignidad e igualdad tienen
que mostrarse diferentes; [7] y el precio a pagar es la esencialización
inmovilizadora a que se someten y son sometidos. Es de suponer que la aceptación
de la conceptualización aquí tratada, en unas ocasiones se hará por
desconocimiento de las consecuencias, en otras por buena fe, y en algunas más
por creer que con ello llegan al máximo de sus aspiraciones; pero en otras
muchas se trata de un esencialismo estratégico, es decir que la aceptación de la
definición y lo que implica no es tanto una meta a la que llegar sino un paso
calculado y temporal en el largo camino hacia su dignidad. Lo que todos tienen
claro es que su futuro está en la lectura que hagan de la situación que les
traen los nuevos tiempos.
La segunda reflexión nos conduce hacia los que no aceptan el puesto que se les
asigna, hacia los casos de rebeldía en la que están incluidos tanto los que se
oponen a base de protestas a los planes desarrollistas de multinacionales, ONGs,
ambientalistas, corporaciones económicas transnacionales y gobiernos varios...
como los que luchan con la fuerza de las armas, [8] o los que sintiéndose
indígenas no aceptan las identidades asignadas en las que implícitamente se les
presupone como rurales, pobres, alejados de la modernidad, o guardianes de la
naturaleza y la cultura... [9] Ciertamente existen intereses dispares y las
luchas no están unificadas, pero ello más que un problema puede verse como una
virtud; de hecho la historia nos muestra un ejemplo de cómo el no tener un claro
líder se convierte en invencible fuerza: los mapuches que no poseían la solidez
de otras culturas que han dejado grandes monumentos, ni un criterio unificado de
lucha, ni una jerarquía clara... fueron los únicos con quienes no pudo el
todopoderoso invasor español.
Y en tercer lugar simplemente hay que constatar, más allá de valoraciones, cómo
en muchas ocasiones la forma real de vida de los indígenas está en las antípodas
de lo que se espera de un buen y ecológico salvaje. Así, los descubrimientos en
el pasado de las reducciones de cabezas de los jíbaros, o de las incomprensibles
costumbres gastronómicas de los caníbales, tienen su continuación en relatos
como los de Lévi-Strauss [10] o más recientemente de los yamomamo que poseen el
récord de violencia social.[11] Opciones como las de los wayúus de Colombia que
luchan por vender derivados del petróleo y propiedades intelectuales, los
pequats de EEUU que poseen el casino más grande de la zona, los indígenas
canadienses que buscan la liberalización del mercado de la madera para su
comercialización, o los cunas panameños que en los diseños de sus tradicionales
molas incluyen logotipos comerciales... nos señalan que las ideas, como los
organismos, tienen su talón de Aquiles que puede hacer tambalear todo el
sistema. Para que prevalezca la idea del indígena como buen salvaje es preciso
despojarla de todo lo que no interesa; es imprescindible un proceso de
domesticado olvido sobre aquellas facetas o situaciones que no encajan en los
esquemas construidos; es necesaria una tarea de cirugía para ocultar lo que no
conviene que se vea. Pero como si del inconsciente se tratara, todo lo reprimido
acaba saliendo a la luz por caminos impensados, y exhibe de forma manifiesta que
lo indígena no es como se pretende mostrar que es. En el fondo no hay que perder
de vista que la conservación de la naturaleza más que un fin, es un medio para
mantener la continuidad de la sociedad y la identidad de sus miembros, y como
tal, puede sufrir cambios y variar en aras al objetivo final. [12]
V
Si buceamos históricamente en la noción de buen salvaje nos encontramos con
datos que apuntan en la dirección aquí mantenida. Es deudora de los homo sylvestris medievales (seres salvajes, sátiros, faunos, centauros, etc., que
tienen más de animal que de homo) que son usados tanto para reírse como para
lamentarse de las miserias humanas. El lado más humano de aquellos seres llega
hasta Rousseau y Hobbes quienes desnudan al hombre civilizado para ver lo que se
esconde más allá de los elementos culturales y religiosos; el primero encuentra
bondad y el segundo maldad; de uno se deriva el buen salvaje y del otro el malón
salvaje. [13] Lo importante es constatar que estas ideas arquetípicas intentan
reflexionar sobre la marcha del hombre europeo, sus fantasmas y perspectivas; la
aplicación de estos conceptos a sociedades exóticas será una derivación
posterior, y –tras distintos devaneos– la que prima en la actualidad es la
roussoniana.
Con otras palabras, detrás del buen salvaje se esconden secretos del hombre
occidental que tal vez ni él mismo se atreva a mirar de frente, y por eso
necesita hacer una transferencia metafórica hacia culturas exóticas; entonces, a
la sombra de la construcción que sobre el indígena analizamos aquí, lo que se
oculta es una presencia proyectada desde y para occidente, y/o una identidad
perdida o camuflada; en todo caso una línea de vigilancia fronteriza de los
“avances de la civilización”. Es, en definitiva, occidente quien construye lo
indígena sin detenerse a escuchar su voz. Más aún, tal como se ha ido señalando,
occidente necesita del indígena para verse en el espejo, para justificarse,
entronizarse y perpetuarse. Y es que el buen salvaje, como cualquier otro mito,
es importante porque da sentido a lo cotidiano, y porque determina y desvela un
proceso cultural e histórico; en consecuencia, el análisis de héroes y mitos de
una cultura, es otra manera de desvelar las aspiraciones de toda la
colectividad.
Continuando en esta perspectiva, tal vez ningún mito revele mejor lo que estas
líneas pretenden como el Tarzán recreado por Burroughs hace casi un siglo. Este
héroe mortal habita unas coordenadas espacio-temporales donde se mezclan la
modernidad y la naturaleza, representa como nadie el sueño de aventura y
conquista, defiende aptitudes y valores buenos que le llegan de manera casi
innata, adquiere destrezas como la capacidad de hablar (inglés, por supuesto)
sin necesidad de nadie (individualismo), como un semi-dios guía tanto a los
animales como a las tribus que se encuentra, y –a pesar del bronceado sobre sus
hiperdesarrollados músculos– originariamente es... blanco. ¿No parece un hermano
gemelo del indígena como buen salvaje y defensor de la naturaleza? ¿No cabe
afirmar que ambos –que habitan los mismos lugares lejanos, agrestes y
misteriosos– nacen en occidente y representan la incursión de éste en aquellos
territorios?
Tarzán es un occidental camuflado en un mundo exótico, y el indígena en cuanto
buen salvaje una proyección de intereses y dudas de occidente. A los dos se les
erige como guardianes de la naturaleza, pero –no nos engañemos– lo único que
ambos guardan es el interés y los secretos del hombre occidental. Si queremos
buscar a los auténticos guardianes de la naturaleza sin cambiar nuestros modos
de vida, tal vez no nos quede más remedio que afirmar con un músico callejero de
Manaos que: “...o defensor de Amazonia é o mosquito da malária”.
Notas:
1. En el fondo este artículo también se puede leer en clave particular de las
estrategias de construcción simbólica de los otros diferentes a nosotros,
entendiendo por los otros a todos aquellos que –desde nuestra perspectiva– están
marcados por la diferencia, ya sea sexual, racial, religiosa, étnica, política,
nacional, etc. En concreto nos vamos a fijar en una de estas representaciones a
la que podemos calificar como exótica y que brota del contacto entre el viejo y
el nuevo mundo: es la de los indígenas americanos.
2. Por ejemplo, un obispo de Santa Marta de Colombia describía a los indios
locales “no como hombres sin alma racional, sino salvajes de los bosques, razón
por la cual no podrían poseer nunca ninguna doctrina cristiana, ninguna virtud
ni ningún tipo de aprendizaje”. (Tomado de A. Padgen. 1988. La caída del hombre
natural. Madrid. Alianza Editorial). También pueden encontrarse múltiples
referencias en Las venas abiertas de América Latina de E. Galeano.
3. Podemos encontrar historias particulares en cada país. Sirva a modo de
ejemplo lo que ocurrió en Argentina tal como lo cuenta Trinchero, H.H. 2007 en
Aromas de lo exótico. Colección Complejidad Humana. Buenos Aires.
4. Los de Otavalo en Ecuador son un ejemplo de cómo un grupo indígena se ha
salido de los parámetros a priori asignados desde el exterior, y se mueven por
caminos tan alejados, en todos los sentidos, como los de la globalización. Un
magnífico estudio sobre ello se puede encontrar en Maldonado, G. 2004.
Comerciantes y viajeros. De la imagen etnoarqueológica de “lo indígena” al
imaginario kichwa Otavalo “universal”. Quito. Abya-Yala.
5. En el artículo titulado
La construcción de la identidad indígena en medio de
la guerra colombiana de José Antonio Morán Varela, hay un pormenorizado estudio del recorrido y los problemas que dichos
indígenas encuentran, así como un desvelamiento de las recientes trampas
tendidas por el neoliberalismo económico.
6. Esta frase pertenece a un interesantísimo documento que teoriza sobre el tema
aquí tratado. En Ulloa Astrid. 2004. La construcción del nativo ecológico.
Bogotá. ICANH.
7. Conviene recordar que en menos de una década a finales del siglo pasado, 14
países latinoamericanos se declaran multiétnicos y pluriculturales; de ellos, en
nueve, el FMI y el BM consiguieron introducir reformas neoliberales. No es
ilógico sospechar que dichos organismos iban preparando el camino hacia lo que
después vendría, y para ello –entre otras cosas– posibilitaban las demarcaciones
y autonomías territoriales indígenas.
8. Son varios los movimientos guerrilleros que se nutren y han nutrido
básicamente de indígenas, y no tanto por la lucha particular de éstos cuanto por
ser los más desfavorecidos. El Movimiento Armado Quintín Lame de Colombia MAQL
fue íntegramente indígena, mientras que el EZLN mexicano o la URNG guatemalteca
son ejemplos de una presencia mayoritaria.
9. El citado caso de Otavalo (nota 5) o el de aquellos indígenas que habitan
ciudades y se dedican a profesiones “modernas” ejemplifican las posiciones de
aquellos indígenas que han construido sus identidades como tales, pero en ellas
no van implícitos conceptos como los expuestos.
10. Lévi-Strauss. 1988. Tristes trópicos. Barcelona. Paidós. Entre otras cosas
nos cuenta cómo los caduveos tienen aversión a ciertos sentimientos que
cualquiera interpretaría como “naturales”; por ejemplo sienten asco por la
procreación y en consecuencia practican el aborto, el infanticidio y el rapto de
niños de tribus vecinas.
11. Chagnon, N. (2006) en Yanomamo. La última gran tribu. Barcelona. Alba
Editores, nos da cuenta de datos impresionantes: el 30% de las muertes de
varones adultos de esta etnia se deben a causas violentas, y el 40% de todos los
adultos habría participado en la muerte de otro yanomamo.
12. En una línea argumentativa similar se desarrolla la jugosa vía de
investigación de Wade, P. 2004. Los guardianes del poder: biodiversidad y multiculturalidad. En:
Conflicto e (in)visibilidad. Retos de los estudios de la
gente negra en Colombia. Popayán. Colombia. Universidad del Cauca.
13. El desarrollo del estudio aquí señalado puede encontrarse en el interesante
libro: Bartra, R.(1997) El salvaje artificial. México. Ediciones Era.
Universidad Nacional Autónoma de México.
Publicado en
Eutsi el 29 de
noviembre de 2007. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 83 el 30 de enero de
2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |