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A. Acosta es Presidente de la Asamblea Constituyente
del Ecuador.
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Las multitudinarias marchas en muchos lugares del mundo en contra del racismo y
la xenofobia, condensan la condena a una de las prácticas más detestables de la
humanidad. Una lucha que además significa la aceptación de que todos los seres
humanos, independientemente de su origen, color de piel y características
físicas, somos iguales, tenemos iguales derechos a tener derechos, sin
diferencias de razas. A esta acción en la búsqueda de la libertad, contribuyen
los movimientos y las organizaciones indígenas y afroecuatorianas.
El racismo es un problema estructural que se expresa en situaciones concretas.
Los datos de esta injusta, desigual e inequitativa realidad son reveladores:
solo el 8 de cada 100 jóvenes afroecuatorianos están matriculados en la
educación universitaria, frente a 20 de cada 100 jóvenes mestizos que han
accedido a este nivel educativo. En cuanto al empleo, las cifras reflejan que
los afroecuatorianos son más discriminados en sus lugares de trabajo: en un 60%,
en contraposición a los blancos y mestizos con 34% y 33%, respectivamente. La
pobreza en el país tiene rostro indígena. En la Sierra, para mencionar apenas
una de las regiones del Ecuador, un 90,3% de los indígenas son pobres, mientras
que de los habitantes blancos apenas un 32,5% y un 51,1% de los mestizos se
encuentran en situación de pobreza. Adicionalmente, aquellos indígenas que se
podría denominar de clase media sufren segregación social, según lo demuestran
estudios.
Las diversidades sociales acumuladas en la historia, en la cultura, en la forma
de vivir, en la comunidad, nos enriquecen y nos acercan. Nadie debería negar la
riqueza cultural de nuestros pueblos ancestrales, su cosmovisión de la tierra
como madre (la pachamama), algo que el planeta agradecería si se enraizara como
opción de vida. Nadie debería tampoco olvidar que nuestra especie nació en el
continente negro, allí donde sus pueblos han debido soportar la negación de la
existencia como seres humanos, doctrina con la cual se justificó el convertirlos
en objeto de mercancía, la abominable esclavitud, y que actualmente soportan la
devastación de su tierra y la explotación de su fuerza de trabajo. Pero, a pesar
de ello, o quizás por eso mismo, por su sangre corre un inmenso sentido de
libertad. No es accidental que hayan sido nietos de esclavos negros los que
crearon el jazz, la más libre de todas las músicas, una de las más hermosas por
su espíritu vibrante, cambiante y libertario.
La búsqueda de la eliminación de toda forma de racismo se produce en momentos en
los cuales la dominación del capital, a escala global, aparece como absoluta; de
ahí, que ese rechazo mundial signifique también el combate a esa noción de raza
que fundamenta la actual “colonialidad del poder”.
El racismo no es entonces sólo un problema social, es ante todo un problema
político, que también se expresa y deriva como un problema de segregación
económica, de exclusión y marginación. Es, incluso, un problema de carácter
ambiental, pues no se respetan tampoco a los ecosistemas y territorios donde
habitan esos pueblos.
La idea de “raza”, a la que nos hemos acostumbrado como identificación negativa,
aparece como fundamento del patrón universal de clasificación social con la que
se justificó la dominación supuestamente civilizatoria de unos pueblos sobre
otros, surge hace 500 años al mismo tiempo que las expediciones de conquista de
lo que conocemos hoy como América y África, contemporáneamente a la expansión
del capitalismo. Es, a decir de Aníbal Quijano, “la más profunda y perdurable
expresión de la dominación colonial, impuesta sobre la población del planeta en
el curso de la expansión del colonialismo europeo”. Desde entonces ha sido la
más profunda y eficaz forma de dominación social, material, psicológica y por
cierto política.
De ahí que, siendo urgente, superar el racismo no es una tarea fácil. Necesario
es reconocer que siempre estuvo en la agenda de las luchas de liberación del
pueblo ecuatoriano como una de las transformaciones buscadas, por lo que nos
corresponde retomar el combate contra toda forma de racismo, de discriminación y
exclusión. Por ello, como herederos de Eloy Alfaro que abolió el concertaje de
indios, manera encubierta con la que se mantenía la sumisión esclavista de los
indígenas, y que fijó territorios para los pueblos afroecuatorianos, debemos
consignar en la Constitución todos los derechos que promuevan las justicias y
sobre todo las equidades para los pueblos, las etnias, el ambiente; desterrando
todo aquello que realimenta la desigualdad e impide la democracia. Superando,
además, las inequidades intergeneracionales y de género.
Los pueblos afro como los indígenas del Ecuador, demandan el ejercicio pleno de
la democracia, la ciudadanía, la interculturalidad, el desarrollo humano con
libertad y oportunidad, sin exclusión alguna. Sus propuestas constituyen
consignas que deben ser impulsadas y defendidas por toda la sociedad, en todos
los espacios de la vida cotidiana, en las escuelas, en los hogares, en los
sitios de trabajo. Emplazan hacia la definición de políticas públicas y de un
adecuado tratamiento en la nueva Constitución. Demandan políticas de acción
afirmativa hacia superar su histórica condición de exclusión en tanto “víctimas
históricas del racismo y la discriminación”.
La cuestión vista como un signo, un significante propio del capitalismo global
nos conduce a asumir, en tanto que esa noción de “raza” implica el ejercicio
concreto del poder de dominación, que “todos somos negros” (o que “todos somos
indios”), en tanto todos estamos sujetos a un sistema de poder hegemónico que
nos segrega y excluye; sólo así podremos comprender el contenido histórico de
las luchas de nuestros pueblos, estigmatizados por su apariencia y distinción
física, y finalmente invisibilizados con ese vocablo segregacionista de “raza”,
e interiorizar esas demandas en los actuales procesos de cambio en los que está
empeñada la mayoría de los habitantes de nuestro país.
(*) 21 de Marzo, Día Internacional de Lucha contra la Discriminación. El título
busca ante todo llamar la atención sobre la implicancia de la noción de raza
como una forma de ejercicio del poder y que, por lo tanto, nos implica a todos.
El autor agradece los comentarios y aportes de colegas y amigos, particularmente
de Alexandra Ocles.
Publicado en el
blog
del autor en la página de la
Asamblea Nacional
Constituyente del Ecuador el 26 de
marzo de
2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
87 el 5 de marzo de 2008. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos. |