Peripecias Nº 103 - 2 de julio de 2008

CIUDADANÍA

 

 

Clase obrera

 

José María Tortosa

 

 

J. M. Tortosa es sociólogo, profesor de la Universidad de Alicante (España).

 

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Existe. Tal vez no “para sí”, pero sí “en sí”. Los exagerados de la “sociedad post-industrial” tendrían que venir a comer conmigo al bar al que suelo ir cuando me quedo en casa trabajando. Un bar en el que todos vamos con nuestro traje de faena (yo con menos manchas), todos varones (las mujeres, en la cocina, es decir, un tipo particular de patriarcado) y, quitándome a mí y al jubilata, todos albañiles, herreros, pintores, marmolistas, encofradores, muchos con la camiseta de la empresa (es decir, y no haría falta subrayarlo, asalaridados) y con un porcentaje mínimo de inmigrantes (normalmente, magrebíes, aunque hoy no había ninguno que no hablara –es un decir: gritara– castellano). 8 euros el menú rico en colesterol del malo que se compensa con la abundancia de patatas (en el guisado de primero y con el lomo de segundo).

 

No es fácil saber qué habrán votado mis compañeros de mesas. Supongo que algunos no habrán votado y que más de uno habrá votado al Partido Popular, probablemente más que por IU. Lo que sí sé es qué piensan del fútbol. Veamos:

 

Es una superminoría la del que entra y, al ver los dos televisores a toda pastilla lanzando reportajes sobre la Eurocopa, suelta un, entre resignado e irritado, “todo el día igual”. Es, como digo, una minoría. El resto atiende a las pantallas mientras hablan y comen (es falso que los varones no puedan hacer dos cosas a la vez: estos hacen tres). Los comentarios que puedo oír (me suelo situar en puestos estratégicos para recoger cuantos más gritos mejor) se dividen en dos grupos. Por un lado, los de los que hablan de fútbol, comentan las jugadas, hacen comparaciones históricas con lo que sucedió en el pasado, muestran conocimientos sobre los actores (no he oído a nadie a quien le preocupara el entrenador –igual es por conciencia de clase– y sí se ocupan de los que, como ellos, llevan la camiseta aunque los salarios sean un poco diferentes, pero de eso no hablan) y no se salen de lo que es el espectáculo o el deporte (la frontera entre uno y otro no queda clara y no parece que practiquen mucho estos comentaristas comensales: ya tienen bastante con en andamio).Cierto que todos han ido por España, pero España no es lo único importante: el juego también importa.

 

Pero, por otro lado, están los que convierten el espectáculo en política nacionalista. El “¿es que no eres español?”, que oigo, me deja perplejo. No importan los elementos técnicos. Lo que importa es que son de los “nuestros” y que en ellos han ganado todos los españoles (”nosotros”). Hemos ganado, ha ganado nuestra Patria, nuestra bandera y que “viva España”. La satisfacción que sienten es vicaria, pero real. Disfrutan como si hubiesen ganado ellos y hasta comentan el buen gesto (ahí se me ha escapado el comentario) que tuvo el jugado con la copa “ante las autoridades que había en el palco” (ni idea de a qué se refiere, pero hasta lo de “autoridades” se las trae).

 

Ni al diablo se le ocurriría convertir estas impresiones en porcentajes. Ni idea de su representatividad ni tampoco la más mínima idea ni siquiera de cuántos hay de cada tipo en las 30 personas que estamos comiendo. Pero son un buen antídoto para los simplismos.

 

Publicado en el blog Sistema mundial y vida local el 30 de junio de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 103 el 2 de julio de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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