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E. Gudynas es analista de información
en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social) y D3E
(Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
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Están cobrando cada vez más importancia un conjunto de “instituciones
financieras regionales” (IFRs) que otorgan préstamos y apoyan diversos
emprendimientos en América Latina. A diferencia de las instituciones globales,
como el Banco Mundial o el FMI, estas IFRs son controladas por los gobiernos
latinoamericanos. Se abren así muchas posibilidades para financiar otro tipo de
desarrollo aunque persisten muchos problemas con las dimensiones sociales y
ambientales, donde no se deben repetir los mismos errores de las instituciones
financieras globales.
En la actualidad se pueden reconocer al menos ocho instituciones financieras
latinoamericanas. Dos tienen cobertura continental: son el Banco Latinoamericano
de Exportaciones (BLADEX) y el Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR). La
Corporación Andina de Fomento (CAF) comenzó brindando préstamos a los países
andinos pero ahora se ha ampliado notablemente, mientras que el Fondo Financiero
para el Desarrollo de la Cuenca del Plata (FONPLATA) se restringe a los países
de la cuenca del Río de la Plata. Existen dos bancos subregionales: el Banco
Centroamérica de Integración Económica (BCIE) y el Caribbean Development Bank (CDB).
Otros dos bancos son nacionales pero financian empresas y proyectos en los
países vecinos: el Banco Nacional de Desarrollo Económico Social (BNDES) de
Brasil, y el Banco de Desarrollo Económico y Social (BANDES) de Venezuela.
Muchas de estas instituciones han pasado casi desapercibidas durante un buen
tiempo. Pero hoy es posible advertir que son un grupo no solo numeroso, sino que
manejan un enorme volumen de recursos. Su patrimonio acumulado supera las 27 mil
millones de dólares. El mayor volumen se registró en el BNDES, que dispuso de 14
070 millones de dólares en 2007, seguido por la CAF con 4 125 millones de
dólares. El BNDES se encuentra por debajo del Banco Interamericano de Desarrollo
(BID, cuyo patrimonio en 2007 fue de US$ 20 353 millones).
Las IFRs son regionales en por lo menos dos sentidos: operan dentro de América
Latina, y sus autoridades y la toma de decisiones están en manos de los
gobiernos latinoamericanos. En cuanto a su operación, predominan los
financiamientos convencionales, tales como proyectos en infraestructura y
energía, la expansión empresarial privada o la cooperación técnica.
Posiblemente una de las IFRs más notorias es la CAF, la que actúa desde 1970
como un banco de promoción del desarrollo y de servicios financieros. Sus
actividades iniciales se centraron en los países andinos, pero se sumaron
naciones de otras regiones, España y más de una docena de bancos privados. Su
cartera de préstamos ha crecido continuamente hasta alcanzar los US$ 9 622
millones en 2007. Es el principal financiador de los países andinos. Además de
los préstamos para obras clásicas de infraestructura, la corporación es uno de
los principales financiadoras de la Iniciativa en Integración de la
Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA).
Bladex es una institución mixta ya que depende de bancos centrales y agencias
gubernamentales de 23 países de la región, algunos bancos internacionales y
fondos de inversión. Opera como un banco regional de promoción del comercio
exterior. Por su parte, FLAR brinda préstamos y garantías para apoyar la balanza
de pago y asiste con créditos a sus miembros (Bolivia, Colombia, Costa Rica,
Ecuador, Perú, Uruguay y Venezuela).
A nivel subregional existen dos bancos. El BCIE fue fundado en 1960 por cinco
países centroamericanos, pero actualmente se han sumado otras naciones, incluso
desde fuera de la región (República China – Taiwán y España). Financia proyectos
de promoción comercial, integración y contra la pobreza. El CDB opera en el
Caribe, apoyando proyectos de desarrollo económico y social. Fundado en 1969, 26
miembros (21 de ellos son caribeños, a los que se suman países como Alemania,
Canadá, China, México, Reino Unido y Venezuela). También existe un fondo
subregional, conformado por Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay (FonPlata),
para el desarrollo de la Cuenca del Plata. Si bien su cartera de proyectos es
modesta, apoya estudios previos de grandes proyectos y financia algunas obras;
también mantiene al Comité Intergubernamental de la Hidrovía Paraguay Paraná, un
antiguo megaproyecto de infraestructura que ahora es parte del IIRSA.
El BID también podría ser considerado como una IFR. Si bien actúa en América
Latina, entre sus miembros hay 21 países extra-regionales (como varias naciones
europeas y Japón), y entre ellos Estados Unidos tiene una influencia
determinante. En cambio, la propuesta de un Banco del Sur apunta a una membresía
exclusivamente regional, y cuando se ponga en marcha deberá ser sumado a esta
lista.
Finalmente, entre los bancos nacionales se destacan dos casos debido a que sus
acciones se extienden a los países vecinos. El BNDES de Brasil apoya la llamada
“internacionalización” de las empresas brasileñas. Su presencia ahora es ubicua,
por ejemplo financiando empresas de Brasil en obras relacionadas con IIRSA en
varios países, o brindando fondos para que algunas corporaciones brasileñas
compren empresas en los países vecinos. El BANDES es el agente financiador de la
política exterior de Venezuela, apoyando programas e inversiones, especialmente
en el área energética y banca local. Cuenta con menos recursos, y si bien
requiere que al menos un 50% del emprendimiento sea con participación
venezolana, otorga mayor atención a la complementación.
Esta apretada síntesis demuestra que es necesario prestar una mayor atención a
las IFRs latinoamericanas. A diferencia de las IFIs globales, donde la toma de
decisiones descansa casi exclusivamente en Estados Unidos y la Unión Europea,
distintos gobiernos latinoamericanos, en especial los progresistas, han buscado
mayor autonomía apelando a estas instituciones regionales.
Las áreas claves de financiamiento son infraestructura, tales como carreteras y
puentes, emprendimientos clásicos como saneamiento y energía. En el caso
sudamericano hay un claro énfasis alrededor de IIRSA. Por lo tanto, las IFRs
también financian emprendimientos de alto impacto social y ambiental. Las
directrices para enfrentar esos efectos negativos en unos casos son poco claras,
en otros son débiles, los mecanismos de evaluación de impactos sociales y
ambientales no siempre son los mejores y a veces son desconocidos, y los canales
de acceso a la información y participación ciudadana son dificultosos. Es así
que en algunos casos las IFRs repiten los mismos problemas que se enfrentan con
las “instituciones financieras internacionales” (IFIs) como el Banco Mundial.
De todos modos, contar con nuestras propias instituciones financieras es un paso
adelante para recuperar autonomía frente a la imposición de IFIs. Es importante
mantener ese control regional, y por lo tanto el proceso de sumar otras naciones
(como países europeos o China) debe ser manejado con mucha precaución. Pero
también se debe actuar para no repetir los errores y limitaciones de las IFIs, y
que no sean meros canales de intermediación de capitales globales o repitan los
mismos proyectos de alto impacto social y ambiental. De nada sirve contar con
ese control latinoamericano si se termina actuando de la misma manera que lo ha
hecho el Banco Mundial o el BID. Por lo tanto es necesario actuar para que los
proyectos financiados sirvan genuinamente al desarrollo y la erradicación de la
pobreza, con efectos positivos palpables tanto a nivel local como nacional en
todos los planos, desde el económico al ambiental.
El presente artículo resume puntos esenciales
de un reporte de mayor extensión que fue publicado por el
Programa de las Américas
(Estados Unidos). La presente versión fue publicada originalmente por ALAI
(Agencia Latino Americana de Información, el 23 de julio 2008. Reproducido en
el semanario Peripecias Nº 106 el 23 de julio de 2008. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. |